Literatura

El crimen de Agustín

El escritor Agustín Espinosa ahorcándose con una manguera, irónicamente. Foto: Eduardo Westerdahl (Tripticum).

El labio fino del litoral es acariciado por un rumor de hojas. Espinosa vuelve a pasear con los zapatos en una mano y los pies sueltos por la arena. Arriba, en una casa, cuelga una palma como bandera izada en pos de la tempestad. Está abierta y entre las líneas que desvirgan el destino se puede leer dos hilos: serás maldito, doblemente, con la muerte y el olvido. Los meses van cerrando sus bocas tragando luces y la cuenca de los ojos, de un gris tierno, se desvanece, ya se oyen nuevos cantos, nuevas olas, que traen una Torre cual castillo…

Mientras pasea, Santiago Alemán Valls toma apuntes de las esquinas, cuarzos incrustados y alambres que toman la fachada. En su cuaderno de Bitácoras traza las líneas angulosas de azoteas, piedras calizas y tejas que componen las casas de la arquitectura canaria. Una perspectiva total dibuja la casa del Crimen. En el Lomo del medio, en Masca, se acometió la tragedia. Las limitaciones topográficas y orográficas circundan la casa y sobre la hoja estipula dos dormitorios, un aljibe, una sala de estar que puede ser utilizada como tercer dormitorio y una cocina con muebles antiguos que rechinan del frío para la recién enviudada pareja.

Un descansillo a modo de balcón luce las vistas y despliega las sábanas con paredes de piedra vista, ripio y lajas que están cogidas con barro y argamasa. Valls describe el perfil como una silueta sinuosa que embellece el barranco mientras los techos de teja árabe de cuatro pendientes se anudan a las orejas de los oyentes y, ahora, cubre el escenario de una mota gris de polvo. La sangre corre por los adoquines, pero no queda tinta china con que recoger las últimas gotas.

Invierno dorado

El invierno perece entre el polvo y algún estornudo provoca como última burla.

«¿Cuánto tiempo había permanecido cerrado el trágico balcón? Lo abrí vacilante, pensando que aún habría sobre las maderas huellas de sus manos», escribe trágico Agustín, a la espera de varios asesinos conocidos y enjaulados en la claridad del desierto. La personalidad del constructor de la casa se ha mimetizado con sus apetencias. Desea escapar, eludir, tal vez soñar. Y ahí vienen. Les recibe con una taza de café, una temperatura lo suficientemente traviesa como para hacer arder las yemas de los dedos y conseguir calmar el ansia de espíritu que envuelve el paladar. Toma a uno y a otro y los va increpando, sin más estragos en la conciencia.

Los tres invitados

Al primero le envuelve el olor a tomillo hervido. En las cacerolas de las despensas que hay ubicadas detrás del patio vuelve a por el recuerdo. Las clases, ahora cerradas, fueron el paso de los días y las horas de sus enseñanzas de literatura y lengua entremezcladas con una pizca de filología que con la cátedra jamás se topó. La resignación es nombre petulante para tal sensación, aunque ya la conoce y prefiere retrotraerse a un tiempo mejor.

Velada por los candelabros, viene una forma de ojo alucinado y tres caras de gato, una espiral verde y siete dientes de ajo por cabello y dentadura. Óscar, que pinta las rezagadas bolsas que va expulsando de su ano por el camino, ríe quedamente de la burla de una endemoniada sombra de tres cuartos. La caballeriza campó en la Segunda Exposición Internacional de Surrealismo en Tenerife y juntaron los dedos para pasar la lengua por los huecos de los azulejos de las cárceles a donde sus huesos fueron transcritos.

Y la culpa y el encierro se intercambian pipa y boina. Para huir, sobrevivir, para querer un poco más al tiempo, para ser un papa sin Capilla Sixtina, Agustín se alistó a la Falange en los años treinta del siglo XX. Escritor surrealista, artífice de la primera obra de tal calado en tierras insulares y peninsulares y asintomáticas, murmura por los bajos vientres de veintitrés estrías, veintitrés sexos y veintitrés axilas llenas de jazmines y zarzamoras.

La edición maldita

El escritor tinerfeño descansa en el valle de Guayedra, bajo las pústulas de un dedo cercenado por el mismísimo dios. Le leen la última edición de su libro Crimen, hecha por el autor canario Alexis Ravelo, un vecino con los que se hubiera liado a palos, a palabrotas, a alcohol y buenos ratos. Y parece que una cuenta con el destino se salda a golpetazos de instituciones, del Día de las Letras Canarias, y escapadas de márgenes industriales para uno de los artistas canarios más olvidados de su historia.

«Vamos soñando pesadillas por la vida. Sueños de otros mezclados con nuestros propios sueños, y, ¿qué sueña el mar estos amaneceres de agosto -enero- para que sea su canto tan tierno, tan sutil su espuma, tan sonriente su azul, tan melodioso su oleaje?» –Verano-. Me lo ha susurrado al oído, prefiere que te metas en él y con su lengua tibia sazonar la epidermis de tu cuello. Con basto cuidado, con una ternura de sogas negras que circunden la cintura, ahí estaba tu compás colgado de tres.  

A Espinosa y a Benigno, que me descubrió un nuevo ser.

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