Cine

La Nouvelle Vague, el cine como vorágine

Fotograma final de 'Les 400 coups' donde, sorprendentemente, el pequeño Antoine Doinel mira a cámara. Foto: Henri Decae

El cine tiene un efecto reparador y catártico que eleva el séptimo arte a un estado terapéutico que roza lo sublime. Incluso en los días en los que no sé si lo que quiero es no saber o si no sé lo que quiero, siempre encuentro el ánimo para ver una peli. Pero no siempre el bálsamo funciona como una panacea emocional. A contrario sensu, hay cintas que solo sirven para rascar aún más en la herida existencialista del eterno suicida. Es el caso de la Nouvelle Vague, un movimiento artístico francés popularizado entre los 50 y 70 e iniciado, en su mayoría, por teóricos y crítico de cine. Para ilustrar su dimensión, presentaremos tres jalones concretos que cambiaron la historia del cine contemporáneo para siempre. 

Francia vio nacer el cine. Fue aquí donde los hermanos Lumière inventaron el cinematógrafo, la primera máquina que permitió grabar, revelar y proyectar imágenes en movimiento. También fue un francés, Georges Méliès, el encargado de inaugurar el cine de ficción en inaugurar en realizar las primeras grandes películas de ficción de la historia, en especial, con su celebérrimo Viaje a la Luna (1902), inspirado en De la Tierra a la Luna, de Julio Verne. Sesenta años más tarde, la época dorada del cine francés forjará sus cimientos sobre dos grandes pilares clásicos que se habían perdido por el camino con la americanización de la industria y la pérdida de la hegemonía europea en materia cinematográfica: la libertad fílmica y la libertad expresiva. En pocas palabras, los cineastas de la Nouvelle Vague buscaban contar lo que querían simple y llanamente como les daba la gana. 

‘Les quatre cents coups’ (Truffaut, 1959) 

Como no podía ser de otro modo, François Truffaut encabeza la lista de neocineastas galos que dan el salto de la revista Cahiers du cinéma al mundo del cine. No contento con su rol detrás de las cámaras, Truffaut se atrevió incluso a ponerse en frente de ellas bajo sus propias órdenes. Junto a Jean-Luc Godard, se le considera uno de los grandes precursores de la Nouvelle Vague. 

Su ópera primera es también uno de los máximos exponentes de este nuevo movimiento influenciado por el neorrealismo italiano. Los 400 golpes (1959) cuenta la historia del pequeño Antoine Doinel, un niño que renuncia a la escuela y a sus padres para emprender un búsqueda del sentido de la vida. No lo encuentra, claro. Por eso el personaje interpretado por Jean-Pierre Doinel aparecería en otras cuatro películas de Truffaut representando distintos momentos de su vida. 

Las influencias del realizador han dado la vuelta al mundo e influenciado a generaciones de directores hasta nuestros días. Akira Kurosawa, Luis Buñuel o Woody Allen son algunos autores de renombre que sintieron una profunda admiración por Truffaut. Algunos de ellos, incluso, continúa a remedarlo año tras año. 

‘Un homme et une femme’ (Lelouch, 1966)

En el cartel promocional, Un hombre y una mujer se presentaba como «la verdadera primera película de amor del cine» (considéré par beaucoup comme le premier vrai film d’amour du cinéma). Se trata, en realidad, de una película bastante simple en esencia: chico conoce chica y ambos se enamoran. No obstante, su verdadero mérito reside en la forma, en su minimalismo escogido, en el volumen de su música (que no siempre suena), en la combinación de sus colores y sus tiempos. En definitiva, en la  atmósfera expansiva de romanticismo dramático que recrea Claude Lelouch.

Ganadora de numerosos premios internacionales, conserva en su acervo de reconocimientos cinematográficos dos premios Óscar, tres Globos de Oro y la Palma de Oro en el Festival de Cannes. Además de la película en su totalidad, fueron recompensados el trabajo de realización, la banda sonora original y de la actriz principal, Anouk Aimée.

La cinta constituye el primer volumen de una trilogía que dura cuarenta años y que continúa con Un homme et une femme: Vingt ans déjà (1986) y cierra con Les plus belles années d’une vie (2019), que retoma la historia de la pareja protagonista.

‘La maman et la putain’ (Eustache, 1973)

La mamá y la puta es un exponente tardío del afán de libertad de la Nouvelle Vague, de la importancia histórica del movimiento francés. La peculiaridad de Jean Eustache es que, en lugar de precursor, se inicia en el cine como discípulo de sus compatriotas motivado por el ambiente intelectual de la época. En lugar de sumarse al cine social reivindicativo posterior a mayo del 68, con esta cinta Eustache profundiza en las vicisitudes de un joven Jean-Pierre Léaud, que se cuestiona sobre su propia existencia en un peculiar ménage à trois sin mamá y sin puta.

Pese a su reconocimiento público, Eustache siempre se consideró un artista frustrado y terminaría suicidándose en París poco después. La cinta, ganadora de la Palma de Oro de Cannes es muy representativa de la filosofía de la época y la posmodernidad. Esta obra conclusiva de la Nouvelle Vague porta un fondo ético revelador: el sentido de la vida solo reside en su búsqueda. El resto son palabras vacías y disertaciones huecas. Pero la marea siempre traerá nuevas olas que incidan en la dimensión intelectual a través de la exaltación de una emoción estética profunda.

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