Danza, Entrevista, Forma

Dácil González: «Prefiero bailar antes que hablar»

El Teatro Guimerá es el escenario de los pasos de Dácil González. Foto: C.R.

Dácil González se siente una privilegiada por dedicarse a lo que ama. Su trayectoria, con más de veinte años sobre el escenario, fue reconocida con el Premio Nacional de Danza 2019 en la modalidad de Interpretación, concedido por el Ministerio de Cultura y Deporte con una dotación de 30.000 euros. Natal de Las Palmas de Gran Canaria, se le escapa alguna chiquilla en el tono suave que mece los movimientos de sus manos. Madrid, la Staatstheater Darmstadt, películas como El otro lado de la cama (2002) y Pasos de baile (2002), Els Visitants Compañía de Teatre, La Piel Danza… Son momentos, acrobacias, vivencias que la han llevado hasta aquí.

¿Dónde estabas cuando recibiste la noticia? «Estaba trabajando en el Guiméra. Cuando trabajo, apago el teléfono, ni me vibra ni nada de nada, y lo cogí justo para grabar a la compañía en vídeo en un momento dado. Vi que sonaba y sonaba, lo cogí y llegó la noticia. Me pasan con la directora y le pregunté si estaba bromeando. A lo que me contestó que con este tipo de cosas no lo suele hacer». 

La impresión sería abrumadora… «Llorar y llorar, no podía parar de llorar. Al fin y al cabo, es algo que no te esperas. Hay una faceta más pública de la danza que todo el mundo conoce con gente famosa, que son las que reciben los premios y otra parte de la profesión que igual somos conocidos dentro de ella. Por ello, es aún una sorpresa mayor». 

Con lo que supone que te rodeen de repente todos los medios de comunicación. «Daniel Abreu, con quien trabajo, me dijo que me dejara el teléfono en la mano porque no iba a parar en toda la tarde, y no paré ni ese día ni al siguiente… Agradecía los mensajes para poder gestionar las quedadas porque si no iba a ser inviable. Toda la información de los medios me lo iban enviando mis familiares, no fui capaz de ponerme delante de un quiosco a ver las portadas».

«En el contemporáneo te encuentras mucha diversidad y puedes encontrar a tu manera»

Después de más de veinte años de carrera y formación, volvemos al principio, ¿cuándo decidiste que la danza era tu camino? «Fue compaginando las clases con las actividades, empecé a sacarme la carrera de clásico, que era lo único que podía hacer aquí mientras me sacaba mi bachillerato. Entonces, me acuerdo que cuando acabé selectividad pensé que me gustaba bailar, pero no sabía si era lo que quería hacer. Empecé a estudiar Psicología por la UNED y me trasladé a Madrid. Terminé mi carrera de clásico y me metí en el mundo del contemporáneo. Al año y medio me invitaron a una audición, me cogieron y ha ido todo rodado desde ese momento».

¿Qué te ha dado el contemporáneo? ¿O qué sentías que te faltaba en tu formación clásica? «Mira, el clásico es fundamental y pienso que todo el mundo debería pasar por ahí. Te da una base y una técnica que luego en el contemporáneo puedes utilizar, moldear, deconstruirte -tan de moda ahora-. En el contemporáneo hay un estilo más acorde al cuerpo y el clásico se comprende con su estructura y manera de moverse y tienes que tener unas condiciones muy determinadas para bailarlo. En el contemporáneo te encuentras mucha diversidad y puedes encontrar a tu manera».

¿Más orgánico? «Dentro del clásico hay una organicidad y una construcción hechas, cuestiones que se hacen fuera de lo establecido como puede ser un Lago de los cisnes. Lo cual no quita que un clásico bien bailado es donde aprecias la técnica y una construcción que te da todo». 

«Hay compañeros que les encantaría hacer una pieza con siete pero tienen que hacer un solo o un dúo porque no hay opciones»

Recordando el fallecimiento de Alicia Alonso el año pasado, gran bailarina cubana, ¿tus referentes quiénes son? «Realmente, me acuerdo que cuando empecé no había conservatorio de clásico, pero haciendo limpieza en mi casa, vi fotocopias de las compañías que habían en ese momento y había referentes como Pina Bausch, Ana Laguna, muchísima gente conocida con un trabajo fantástico. Por otro lado, uno se debe también a lo que descubre. Cuando llegué a Madrid cogí los últimos años de la época dorada de la contemporánea donde las compañías eran apoyadas y consideradas, tanto allí como en Barcelona o el País Vasco, del estilo de Carmen Werner». 

En varias ocasiones has hablado de que has tenido la suerte de poder vivir de la danza durante todo este tiempo. ¿Cómo se vive ese declive y a la vez el resurgir mediático? «Ha cambiado el modelo tanto en lo que se lleva a lo que se crea. Antes, en la que te hablaba de esa época dorada, las compañías podían tener a esa plantilla fija, se podían hacer coreografías con más de dos o tres personas sin endeudarte. Me refiero, hay compañeros a los que les encantaría hacer una pieza con seis, siete personas pero tienen que hacer un solo o un dúo porque no hay opciones. Luego dicen que estando en momento de crisis sale la creatividad real y sacan la actividad adelante. La gente tiene mucha inventiva, hay actividad y los programas en la televisión, por ejemplo, han ayudado a visibilizar, pero, no es la realidad de la danza. No es el día a día. Si hicieran un programa en la tele con la realidad, no lo vería nadie. Al día siguiente estaríamos aburridos. No hay chicha». 

¿El día a día compensa? «De pequeña, iba al instituto a estudiar, por la tarde, a la Escuela de Danza hasta el día siguiente. Te pierdes muchos momentos de la infancia. Y si quieres realmente dedicarte a la danza, sabes que es mucho sacrificio, mucho esfuerzo. No es atractivo. Yo lo que digo es que siempre me ha compensado, aunque se te quedan muchas cosas por el camino». 

¿Has tenido que renunciar a algo? «No especialmente, y no sé si será la crisis de los cuarenta, chiquilla, que me planteo la pérdida de momentos familiares o de amigos. Por ejemplo, sabiendo que alguien se casa y sin mirar la agenda sabía que tenía actuación. Sacrificas en ese sentido, siempre viajas, de un lado para otro, y teniendo suerte de estar en activo en todo momento».

«Hay sindicatos de todos los colectivos pero no para nosotros como bailarines»

Eres de Las Palmas y tu formación partió en Canarias, ¿qué opinas con la proyección que se pueda tener y el nivel de formación que se pueda ofrecer aquí? «Se está uniendo una cosa muy bonita. A veces, me da la sensación, independientemente de las asociaciones, que cada uno va a la suya. Siempre lo hablamos. Hay sindicatos de todos los colectivos pero no para nosotros como bailarines. Cuando hay un problema, tiramos de convenio de actores y es lo más cercano que tenemos. Pensarías que es fácil unirse y constituir uno; sin embargo, no. Afortunadamente, en las Islas hay una asociación que se llama Pie De Base que está haciendo un trabajo fantástico para que Canarias sea una entidad con fuerza y se puedan sacar los proyectos adelante teniendo en cuenta la visibilidad de la danza».

¿Hay apoyo? «No es al estilo de EE.UU. donde hay un apoyo o tanto incentivo por parte de la privada, y a veces depende todo de la institución. Hay un nivel tan alto de compromiso de la gente que hay dentro, que uno tira para adelante aunque no haya medios, lo cual genera dificultades. Si, por ejemplo, la institución ve que en vez de con los, digamos, 10 que pediste lo puedes hacer con 4, se lo plantean, y a la próxima te dirá que será con 4. No se ve todo el esfuerzo. Hay ganas, hay iniciativas, pero a veces de aquella manera por el hecho de que no hay apoyo».  

Sobre la visibilidad, resulta más familiar decir que vas a una obra de teatro, a un concierto, ¿con la danza aún cuesta? «Se llevan los programas de creación de público en muchas salas. No obstante, para mí hay una cosa más básica: que te enseñen y te den la opción de que la danza también está. No recuerdo cuándo me enseñaron que existía el fútbol o la música. Sí que me viene a la mente que una vez fui de pequeña al Teatro Pérez Galdós y oí tocar a la orquesta, pero no recuerdas que alguien te haya llevado a ver danza. ¿Por qué unas disciplinas sí y otras no? Que entre dentro de las opciones dadas. Algo que me da pena, en la danza en general y la contemporánea en particular, que realmente la gente no da opciones: si van y no les gusta, no vuelve. Lo cual no ocurre, por ejemplo, con el cine. Le das otra opción a la película si esa resultó malísima. Pues aquí es igual, hay millones de creadores, de directores, a los que determina un estilo». 

Admiramos a las personas que nos conmueve su baile, pero, ¿por qué nos da tanta vergüenza? «A mí me da orgullo cuando aquí, en Canarias, ves a la gente bailando en Carnavales sin complejos. La gente se mueve muy bien, además. Lo llevamos en los genes. La gente no se traba aunque depende de los contextos. Realmente, algo que te nace, ¿por qué lo matas?».

El alcohol en las fiestas… «Hay una parte expresiva con el cuerpo que no enseñan. Uno empieza con la palabra, y el cuerpo… Hay más reserva. Poder tocar, de repente, es extraño. Pero hay cosas básicas, como cuando das clases y a alguien le resulta un mundo coger de la mano». 

«En la profesión tienes unos niveles de frustración muy altos»

¿Hay un punto de inflexión en tu carrera? «Soy la eterna estudiante. Nunca sabré lo suficiente y tengo la sensación todo el rato, siendo el nivel de autoexigente muy grande, del disfrute encima del escenario. Pero, cuando veo vídeos -utilizamos como herramienta estos recursos- me cuesta aceptarlo, me motivo y deseo más. En la profesión es difícil gestionarlo porque tienes unos niveles de frustración muy altos, no le gustas a todo el mundo y son cosas con las que tienes que lidiar a diario. Sí que me esfuerzo por que cada día tenga un reto, así mañana voy a estudiar algo que me ha salido, busco una nueva técnica. Con Daniel Abreu es una suerte, un amigo maravilloso, que está todo el rato preocupado. Como intérprete es un sueño porque te inspira, vas tirando, y sabe que puedes seguir creciendo». 

¿De qué manera trasladas esa interpretación al cuerpo? «Depende del coreógrafo. Hay quienes quieren contar una historia y eres un persona clara en ese entorno con unas características determinadas. Construyes al personaje con esa información. Mientras que hay otros espectáculos, como el que he hecho con Dani, donde te da ciertas pautas físicas y se encarga luego de ir componiendo el espectáculo a capas. El que interpreta es la persona que lo ve. Estoy pensando en mis pautas físicas todo el rato, las que se trabajan en conjunto. No es lo mismo tener una actitud física de alguien con enfado a alguien que sonría, esto se estudia y se quedan las informaciones en conjunto. En el espectáculo Lava, por ejemplo, tuvimos un reto de versatilidad». 

¿Qué tiene un bailarín completo? «Hablando de intérprete, es la capacidad de poder adaptarte a cualquier tipo de trabajo que se te presente. Ser lo suficientemente maleable e inteligente para poder captar todo lo que la persona quiere transmitir. De hecho, yo me siento feliz cuando el coreógrafo es feliz. Así tú enseñas lo que quiere». 

«La edad te da un peso, unas vivencias, que se va compensando»

¿No es frustrante que el cuerpo sea el propio límite? «Es frustrante en el sentido de si, por ejemplo, me dices que quieres ser primera bailarina del Vaganova pues te digo que no. Pero hay algo maravilloso: es que el cuerpo tiene muchos recursos. A veces, somos nosotros los que lo limitamos. Me resulta sorprendente que, con la edad, el cuerpo aprenda a trabajar de diferentes modos. Con veinte años tienes una energía, capacidad más ligera y la edad te da un peso, unas vivencias, que se va compensando. De repente, sin esa energía, hay algo que llama la atención, como las pausas. Que un bailarín al salir y estar parado te llame tanto la atención… Hay algo. No es simplemente una persona de pie sino una persona a la que le están pasando millones de cosas. El espectador puede sentirlo. Pina Bausch, por ejemplo, prefería que la gente que se presentaba a las audiciones fueran con una edad, que hubiera vivido, sufrido, reído, porque ella quería trabajar con esas cuestiones».

¿Te ves de aquí a veinte años en el escenario? «Trabajando en esto, sí, en el escenario, no lo sé. Va relacionado con la adaptación del cuerpo. Veo a Carmen Werner, muchísima gente bailando, que digo ‘ole’, ¿dónde hay que apuntarse, que yo me lo pido? Una cada está más tocada, duele más». 

¿Duele? «El despertar del bailarín es muy duro [risas]. Con veinte años la recuperación es mucho más fácil. Por ejemplo, mi semana suele ser que me levante, voy a la compañía con el trabajo, realizamos una clase de calentamiento con ballet, se empieza la actividad con el coreógrafo y yo voy entrando y saliendo viendo cómo se adaptan al material, y así continúo».

El jurado destacó tu resistencia y compromiso con el contemporáneo y, en general, con el mundo de la danza. ¿Qué retos hay en ti ahora? «Hay una especie de adoración y necesidad del escenario cuando, de repente, llevas varios días sin pisarlo hay tristeza en el alma. Entonces, lo que supone para mí el Premio es a seguir subiéndome a él y haciendo algo que me reconforta y me da muchísima vida. Seguiré con mis proyectos, nunca he estado como parada y sí es cierto que algunos me merecen más atención. Me encanta la palabra compromiso y, para lo bueno o lo malo, me comprometo. El premio también se utiliza para hacerse oír. Yo, con el dinero, siempre he sido hormiguita. La profesión no es estable, no sé qué va a pasar mañana. He tenido la suerte durante estas dos décadas de trabajar de ello y debo tener el colchón para lo que ocurra, porque es nuestra vida».  

Si a ti te faltaran las palabras, ¿podrías expresarte solo con tu cuerpo? «De hecho, prefiero bailar antes que hablar. Siempre me había escaqueado de todas las entrevistas y en las compañías en las que he estado, con cierto peso y prestigio, cuando invitaban a la radio, lo eludía. Últimamente, he tenido que superarlo. A veces, una no encuentra las palabras adecuadas».

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