Forma, Narrativa y teatro, Palabra, Pintura

Los centímetros de la despedida

El invierno será frío y volverán las olas resplandecientes de Sorolla con 'La hora del baño' (1904). Foto: Tripticum

El otro día iba caminando por el Paseo Marítimo. Es una línea blanca reblandecida por las palmeras altas y extranjeras que se mecen con el salitre que sombrea las clavículas de la ciudad… Iba caminando, como decía y, a mi paso, un niño impulsaba con la fuerza de su pie derecho la patineta metálica sobre la que cabalgaba. Iba solo, con la mirada fija, miré rápidamente en derredor, no había nadie, ni tan siquiera me miró como suelen hacer los niños presumidos de juguetes nuevos, cómo podía enfrentar al mundo tan temprano con los años venideros que quedan por explorar. Entonces, dio la vuelta y yo alcancé la vista a la curva de la biblioteca. Un carro, un hombre y una mujer hablando. El niño, sin ninguna llamada, acudió a la eléctrica estancia que se le había enviado desde esos metros: volvía a casa.

¿Cuál es la distancia máxima entre dos cuerpos cuya separación será irresoluble?

Caminamos, seguimos avanzando solos, pero conocemos el instante exacto en qué volver para no perder la vista del acompañante. Las hojas ocultan el rastro y los cuerpos se internan en la flora oscura. Huimos, y sabemos qué fecha significa el retorno: vacaciones, un día suelto libre, un viaje alborozado por la sorpresa, los minutos exactos para que nuestra ausencia no se convierta en olvido, la venida después de la compra, el paseo que se guarda del frío del amanecer… Avanzamos y avanzamos, mientras, los que más y los que menos, con un poco de cuidado y esfuerzo, se intentan mantener entre las líneas invisibles de la red y de los rostros invisibles el contacto con una llamada, un mensaje, un, ‘mira, que te echo de menos’.

Jane Eyre escucha la voz del señor Rochester entre las colinas, el monstruo de Shelley nada en los lagos de Suiza y hiela su sangre en los confines del mundo para exigir una razón de existir a su amo, los gitanos de Buendía vendían los tesoros que encantaron a una generación lastimera, despertamos como Artemio Cruz intentando adivinar el rostro inconcluso en el cristal, y Alberti escribe a papá que por qué lo llevo a la ciudad si él solo quería estar junto al mar… La paloma volvería a alzar el vuelo y a comer de su mano, tímida y blanda, picoteando los granos de café esparcidos en la arena.

Yo solo miro las fotos. No tengo edad para la añoranza ni la melancolía, solo para la recopilación de recuerdos. Mi corazón se expande y aún no es tan grande como albergar a cada uno de los rostros que amo. Pero, ¿qué deparará mi memoria si olvido que conquistamos la tierra y echamos raíces, muy a pesar de nuestro pretendido desapego?

Love Actually suena como cada año, ojalá que nunca nos falte para permitirnos una poquita del amor romántico venenoso que falta por extirpar, pero al fondo de la sala descansa La trilla (Nicolás Massieu, 1904). Relumbra en el campo y los campesinos se adormecen con el arrullo del sol, los bueyes aran la tierra y el pasto queda arremolinado entre sus pasos, llenos de calor, tierra y moscas que despistan con el látigo de sus rabos.

¿Cuándo esa marcha significa un adiós definitivo?

Miro a Nicolás. Lloro. Dónde estás.

Que sí, que son las fechas y una está más lastimera, sensible, qué se le va a hacer con una mudanza que pone punto y final a una retahíla de anécdotas que sufrirán de demencia senil. Para algo estará el alcohol del reencuentro. El verano queda lejos, tan temible es la relatividad del tiempo, que siembro y observo el crecimiento de mis plantas, tiernas y pequeñas, en los algodones, ellas me dirán cuándo trasplantarlas, ¿no oyes su susurro mezclado con las risas perdidas de esta casa?

Incluso los viajes espaciales, después de recibir las migajas de la eternidad, vuelven a los sillones polvorientos de sus casas a seguir dejando la losa sucia. Los hombres buenos perecieron.

La noche ha anochecido y apagan las ventanas los farolillos, las calles sus antorchas, solo queda el faro para alumbrar el camino polvoriento que atraviesa los matos y los olivos de las llanuras secas. Secas, secas. Secas. Muy secas. Reventadas por la lluvia, apaleadas por el granizo, que se hinchan y absorben en sus pulmones ennegrecidos la semilla.

Volverán nuestros pasos, qué diría Machado, nunca por la misma senda, nunca al mismo lugar ni a las mismas personas a las que el tiempo transfigura el rostro amado, pero, sabremos cuándo… El invierno siempre es frío, pero ya nunca cuando miro a Sorolla y recuerdo tus abrazos, qué tonta fue nuestra ilusión.

Hoy es Nochebuena y mañana Navidad. Perdón, ya es lo hoy, feliz Navidad, a ti y a todos ustedes, qué menos que desearles que gocen y disfruten del amor infinito de un abrazo de reencuentro. Un beso.

Deja un comentario