Vuelvo a casa sola. Me podría haber quedado un poco más. Estaba disfrutando mucho de la cena. Pero no. Es mejor así. No quería que se hiciera demasiado tarde… Agarro el bolso con fuerza. Tengo las llaves a mano para sacarlas en cuanto me acerque al portal. Sostengo el móvil y finjo mirarlo de vez en cuando, solo para distraerme de mis pensamientos, aunque en realidad estoy pendiente del reflejo de los cristales en los escaparates y de las sombras en el suelo para saber si hay alguien detrás. En mi camino a casa he evitado ciertas calles: demasiado oscuras, demasiado solitarias. Ahorraría tiempo yendo por ellas, pero no me transmiten más seguridad que el camino escogido. ¡Genial! Ya he llegado a la puerta del edificio. Abro y entro en el ascensor. Escribo por el grupo: «Chicas, ya estoy en casa. Todo OK». 

 Coches, hombres y ciudades

Según el Índice de Paz Global, España es considerado uno de los países más seguros del mundo. Sin embargo, muchas mujeres hemos experimentado una sensación de inseguridad en las calles como la relatada anteriormente, sobre todo, cuando estamos caminando de noche por la ciudad. Pero ¿a qué se debe esto? ¿Por qué nos sentimos inseguras?

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Ciudad Radiante de Le Corbusier. Foto: Pinterest

La respuesta reside en que las ciudades por las que paseamos todos los días no están pensadas por y para los ciudadanos, sino más bien para los coches. Este problema ya estaba presente en 1968, cuando Jane Jacobs expresaba, refiriéndose al diseño de las ciudades, que «las necesidades básicas de los automóviles se aceptan y satisfacen más fácilmente que las complejas necesidades de las ciudades y cada vez más urbanistas y diseñadores se convencen de que si solucionamos los problemas de tráfico resolverían así el problema más grave de las ciudades».  Han pasado más de 50 años y nada ha cambiado.

Vivimos en ciudades que fueron concebidas en una época dominada por la visión «cochecentrista» y eminentemente masculina. Fueron diseñadas por hombres para que otros hombres condujeran por ellas a su trabajo. Las calles se visualizaron como lugares de paso y no como espacios de uso y disfrute. Esto se debe a que hasta finales del siglo XX, todo el trabajo relacionado con el urbanismo y la arquitectura fue ejercido principalmente por ellos, relegando a las mujeres al ámbito doméstico. Las mujeres fueron alejadas de las calles y avenidas, marcadas por una sensación de otredad. Esa percepción se traducía bien en miedo, bien en incomodidad a la hora de recorrer las urbes.

Por esa misma razón, resulta crucial la perspectiva de género y su utilidad como herramienta de análisis. A través de su lupa, visualizamos la ciudad desde un prisma completamente diferente. Al ponernos en la piel de ellas, relegadas al éxodo cosmopolita, detectamos problemas que hasta ahora no se habían tenido en cuenta y que presentan una gran relevancia en la vida de las personas. Son, en definitiva, fundamentales para el desarrollo de la vida urbana. Al mirar desde la perspectiva de las mujeres, no solo vemos las cuestiones que les afectan directamente a ellas sino también los retos que afectan a las personas con discapacidades físicas o psíquicas, a las personas mayores, niños, etc. Pues, hoy en día, son las mujeres quien mayoritariamente se hacen cargo de los cuidados de terceros y, por tanto, son conscientes de las discriminaciones que sufren estos grupos por parte de la ciudad.

Las calles: arterias de la ciudad

Por otro lado, para que el análisis desde la perspectiva de género funcione y sea completo, hay que incluir a los ciudadanos. Para ellos se proyecta y son ellos los que van a sufrir de primera mano los cambios. Su participación es imprescindible para conocer cómo es el espacio y qué herramientas se pueden emplear para su mejora. Son los habitantes de las calles y son los que las van a cuidar.

urbanismo feminista
Jane Jacobs en 1969. Foto: Elliott Erwitt

Jane Jacobs comentaba que «las calles de las ciudades sirven para muchas cosas aparte de para transportar vehículos; y las aceras de las ciudades sirven para muchas cosas aparte de para transportar peatones». En ellas establecemos relaciones con otras personas, nos manifestamos cuando no estamos de acuerdo en algo y ellas fueron las primeras zonas que pisamos cuando salimos del confinamiento, ¿quién no tenía ganas de salir a la calle después de tres meses encerrados en casa?

Las calles son la vida de la ciudad. Si las calles están a salvo de la barbarie y el temor, la ciudad entera estará a salvo. Pero, esa paz ha de garantizarla una densa y casi inconsciente red de controles y reflejos voluntarios, reforzada por la propia gente. ¿Cómo hacemos esto? Muy sencillo. Primero, debe existir una clara diferencia entre el espacio público y el privado. Segundo, ha de haber siempre ojos que miren a la calle, ojos que pertenecen a los propietarios de esa calle. Los edificios de la calle tienen que estar orientados a esta para dar seguridad a vecinos y desconocidos. Tercero, la acera debe tener usuarios constantemente y esto se conseguirá con la aparición de distintos tipos de establecimientos en la calle que atraigan a las personas y proporcionen entretenimiento a los vecinos que se animen a asomarse a la ventana para ver qué es lo que ocurre, facilitando con ello, los ojos que vigilan y protegen a la población.

Viena, la ciudad del urbanismo feminista

Hoy en día podemos encontrar ejemplos de urbanismo feminista a lo largo y ancho del globo. Es el caso de Viena, pero también hay ejemplos nacionales como Madrid Nuevo Norte, un proyecto de Inés Sánchez de Madariaga e Inés Novella Abril entre otras. La capital austriaca, en concreto,  lleva décadas siguiendo las pautas del urbanismo feminista y ahora es una de las ciudades más agradables y mejores para vivir. A finales de 2013, el Ayuntamiento puso en marcha un proyecto que acabaría en 2015. En él, se sustituyeron las carreteras y los coches por una calzada peatonal donde los viandantes y los ciclistas gozan de prioridad. Se profundizó en las sensaciones que tenían las mujeres en el espacio público y cómo esta percepción marcaba su relación con él. Los comercios crecieron y mejoraron sus ventas. Los que antes se opusieron a esta reforma, se mostraron satisfechos una vez finalizado el proyecto al gozar de todas las ventajas obtenidas al crear una ciudad para sus habitantes y no para los coches. Pues proyectar para ellos, es proyectar pensando en un espacio que satisfaga todas las necesidades y ponga solución a las problemáticas que nos podamos encontrar, favoreciendo a un objetivo común: diseñar un espacio habitable y agradable para cualquiera.

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Estudiante de cuarto curso de Arquitectura en la ETSAM. Formo parte de la representación de estudiantes de mi Universidad. Interesada en el Urbanismo. Apasionada de la literatura y el cine. Muy sociable y creativa.


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