Entrevista, Forma, Pintura

Cristino de Vera, ungido por el tiempo

El artista tinerfeño regresó a casa para transitar con sus enseñanzas por los recuerdos. Foto: C.R.

Las manos, los ojos, la piel que se reblandece bajo el foco, muestras de lo que el alma ha florecido y acallado, signos que el pintor Cristino de Vera mostró sin pudor. Durante tres días acompañó a sus pupilos, oyentes desconocidos que lo escuchaban por primera vez o viejas amistades que se acercaban a estrechar su abrazo, en los Diálogos – Maestros Invisibles que se celebraron en la Fundación Cristino de Vera. Su voz, apenas un murmullo, grave y lejana, borboteaba bajo un sombrero negro de ala que ensombrecía su mirada. 

La búsqueda

«La luz, siempre la luz». Nacido en Santa Cruz de Tenerife cuando se intuían en el Atlántico los primeros gritos de la guerra allá en 1931, Cristino de Vera creció y se formó por todo el mundo becado por la Fundación Juan March. De sus primeras influencias, esos claroscuros que utiliza en su pintura y que abunda en las temáticas místicas, rememoran al Greco, a Mariano de Cossío y Daniel Vázquez Díaz, admitiendo al arte «como un paliativo para el ser humano». Se ha dedicado en estos últimos 88 años a su pasión, a cimentar los cuadros y lienzos que buscan la verdad de lo que él entiende como una incomprensión. «Somos huérfanos de los secretos más importantes que nos interesan», susurró ante la audiencia. 

En el Hotel de La Laguna dijo haber pasado una noche durante las fiestas navideñas. Entonces, sintió una atracción enorme por un pasillo que parecía llamarlo, solícito, para que acudiera a la habitación que se encontraba al fondo de sus lánguidas puertas. Impresionado, le contó esta experiencia a su padre, y él, sin apenas sorpresa, le espetó que, por supuesto: «Ahí fue donde te concebimos tu madre y yo».

Esta anécdota es el reflejo de la llamada de una voz que apenas sentimos ha sido la guía de la obra del artista. Condecorado con la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes y el Premio Nacional de Artes Plásticas en 1998 y Premio Canarias de Arte en 2005, en su Fundación, en La Laguna, descansan sus vánitas, el puntillismo característico de su obra, la simbología y los cestos que acompañan a la muerte y las miradas que recuerdan a la Castilla extensa e indisoluble de la memoria.  

El diálogo

Mientras escribo estas palabras suena el concierto de piano Nº 2 Op. 102 y no concibo un mejor acompañamiento. Ese día, tras la marcha de los asistentes, con su mujer Aurora y algunas amigas hablando a un lado, Cristino atendió, la lucidez volvía a su expresión y, en apenas unos minutos, se aprovechó el breve resquicio para hablar. En su memoria aún resuena la calle de La Carrera y la ensaladilla rusa que lo acompañó en un fin de año. «Nunca en el fondo entenderemos lo que hemos vivido y pasado», habló, puede que jamás. El tiempo es la incógnita infinita y la belleza su dulce anestesia.  La luz, el silencio, los maestros, el porvenir… 

¿Cómo está tan seguro de que haya una eternidad? «Yo no estoy tan seguro de que la haya. Puede haber un plan porque la vida es muy compleja. Si no, es igualmente difícil y absurdo que haya un plan como que no lo haya porque no me creo que tampoco que el Universo, las nubes, las especies, haber estado millones de años acabe con el ser humano… No tengo seguridad ninguna. Estamos hablando de cosas invisibles que no hemos visto nunca ni veremos. Pero lo que sí es cierto es la rapidez y la fugacidad. No es entendible para nuestra mente, pero saber que hay un estado superior después de esta vida sí estoy seguro. No lo sé ni lo puedo saber, ni mi mente ni mi imaginación tienen capacidad para ello. Ni nadie lo sabrá». 

La luz

A esa luz, a esa constante, reconoció haberla atrapado entre sus dedos, un breve hálito, para palparla en sus pinceles. «Algo está en los cuadros, no sé si ha penetrado más, pero sí está esa luz. Por eso se distingue mi obra, la he encontrado en la variedad de luces y de temas». La representación de la textura, las formas, la espiritualidad siempre ha sido motivo de estudio y cambio a lo largo de la historia del arte, desde los caleidoscopios en cuyos ojos se hipnotizan las vidrieras hasta las espumas de olas que relumbran al fondo de la habitación.

Ya nos queda poco tiempo y la noche se acerca con las sombras a cuestas. ¿Se ha arrepentido de algo?  «No, el azar y el tiempo es muy misterioso. No lo cambiaría. Bastante ha sido con tener una vocación, haber sido fiel a ella y no haberme torcido ni comercializado, he podido vivir como he podido en épocas difíciles y he hecho mi trabajo».

«Eso es otra moda. Estoy cansado de las modas, las veo pasar y se desaparecen. Eso es falta de que en su interior no haya profundidad y quieren justificarse. Eso son las modas», decía. Ha sido un buscador que se ha nutrido de la filosofía, de los pensamientos y costumbres culturales alejados de la insularidad, «creí que iba a llegar a la edad de la vejez tendría más claridad pero no tengo esa certeza», admitió. Que el único consuelo que se le presupone a la vejez no se cumpla y, sin embargo, sea motivo de alegría. Se ríe quedamente cuando le pregunto por algún recuerdo, «ha habido momentos felices».

Con los últimos arpegios terminan la conversación y, si no es indiscreción, al amante olvido le dice que no hace falta que le recuerde personalmente, le diría a sus familiares, amistades, allegados que «me recordaran a través de mis cuadros. Contemplar, ver, no mirar. Ver, contemplar, olvidar… ».

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