Filología, Humanidades

Sobre las palabras y las revoluciones

Si la revolución es la gramática, la palabra es la unidad mínima (aunque poderosísima) de lucha. Foto: Delia Padrón

Las revoluciones son, han sido y serán porque existen las palabras. En presente, en pasado y en futuro: no existen los movimientos si no tenemos palabras. Creamos verbos, adverbios, sustantivos y artículos que aúnan los gritos de las calles, que guardan con rabia todas las injusticias y que construyen con tesón vidas alternativas. Creamos frases, textos y consignas que, en días señalados —y también en días improvisados—, recogen el latir de una humanidad diversa y plural con ansias de felicidad universal.

Cada 25 de noviembre tenemos una cita. Es de esos días del año en los que pensamos dónde estábamos y dónde estamos ahora (individual y colectivamente); pensamos en lo logrado y en lo que queda por ganar. Cada 25 de noviembre miramos atrás. Concretamente a 1960 cuando las hermanas Mirabal sufrieron y pagaron con sus vidas las consecuencias de una lacra que todavía hoy seguimos alimentando. Cada 25 de noviembre, las palabras inundan las calles.

Un arma de construcción masiva

El cuerpo y la comunicación son los dos pilares que con firmeza lo sostienen todo. Son las columnas que mantienen en pie lo único que en realidad existe: el ser. Comunicamos para construir colectividad, para garantizar la vida, para evitar peligros y ser más fuertes.

Las palabras tienen ese don: dibujan realidades. La humanidad es un ente fluido que se ha ido organizando en base a cuestiones que varían. Nos presentan el mundo de una manera, nos acomodamos o incomodamos en él hasta que un buen día escuchamos esas palabras. Palabras que protestan y que denuncian. Palabras que crean unidad cuando escuchamos «a mí también me pasa» y otras que crean futuro: «esto no es justo». Palabras que enuncian —y anuncian— que la realidad se cambia, que es posible imaginar un mundo en el que todas seamos. 

Hace un tiempo, a alguien se le ocurrió narrar con símbolos escritos cómo era su mundo, por si algún día alguien necesitaba saberlo, por si venían extraterrestres, por si el del otro reino quería robarles las riquezas o —a lo mejor— solo porque se aburría. En ese momento, aun sin saberlo, la humanidad se alzó unánime y proclamó: yo soy, yo sufro y yo tengo.

La cura a la mordaza

Muchos, muchísimos, asquerosamente demasiados años y siglos más tarde, las mujeres empuñamos el arma que nos había sido arrebatada: las mujeres hablamos. En 2019, las mujeres nos seguimos viendo en las calles, con más frecuencia de la que nos gustaría, para decir alto y claro las palabras que nos unen. En 2019, todavía tenemos que comunicar que la realidad, tal y como nos la contaron, no es justa.

Lo que no se comunica no existe. Da igual dónde mire, en las manifestaciones solo veo palabras. Hay palabras en el humo violeta de la bengala que empuñamos o en las siluetas en negro de los carteles que alzamos con furia; y hablan también las que no vinieron con su espacio vacío. Cada una de nosotras somos palabras: palabras que cuentan nuestra historia. Somos las palabras que no pudieron, o pueden, decir tantas mujeres. Somos las palabras que cuentan las historias que no aparecen en los libros de texto y las que perviven en las pintadas de las calles.

Este 25 de noviembre en Santa Cruz de Tenerife, pero también en toda España —y el mundo—, salimos a la calle y gritamos con firmeza —con toda la fuerza posible—: nosotras también somos, nosotras también sufrimos y nosotras también tenemos.

Tenemos ganas, fuerza y energía para crearlo todo de nuevo. Tenemos voz y queremos hablar por las que han sido, son y serán —por poco tiempo— silenciadas. Tenemos una vida, y no dudaremos en usarla.

4 Comentarios

  1. Mapi Rodríguez

    Normalmente no somos conscientes del valor de la palabra en la configuración de nuestro pensamiento. Por ello comparto esta reflexión punto por punto.

  2. Mate Bautista

    “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi conocimiento”. Wittgenstein
    Gracias por el artículo, Elena.

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