Cine

Los abrazos analógicos

amor

Retrato triste del amor en tiempos modernos. Foto: Hoyte van Hoytema

Querida Samantha:

¿Hace cuánto que no hablamos? Es tantísimo el tiempo que probablemente no recuerde qué se contaba en una carta. Podría darte las gracias por no haber vuelto. Confesarte lo mucho que echo de menos cómo tu voz desaparecía en los agudos, tu forma de darle vueltas a la coleta en tu muñeca, el modo en que usurpabas mi lado de la cama, la gravedad de tus holluelos. O describirte la sensación de vacío y desconcierto que me deja siempre el final de tu película. No sé si ya te he hablado de ello. Es una sensación extraña, como de agujero en el pecho. La cinta termina y yo me quedo allí tumbado, sin poder apartar los ojos de lo negro, casi como si en cualquier momento pudiera aparecer mi nombre en los títulos de crédito.

Ocurre lo mismo con un libro. Cuando paso la última página y se acerca el abismo (blanco, como uno mismo), hay algo en nosotros que se resquebraja hasta convertirse en polvo. Y, al mismo tiempo, sientes cómo la vida se alimenta de la vida. El caso es que no importa cómo vengan las historias: todas acaban conmigo. Créeme,  en sentido literal, la historia acaba siempre conmigo, como si fuera una extensión de lo remoto, un deseo amortiguado. Un último verso.

El amor a los 20 años

¿Hace cuánto que no hablamos? Ya no nos escribimos como antes. En general, ya no escribimos como antes. A veces me pregunto si el lenguaje escrito ha muerto. No es solo que hayamos perdido el hábito, sino que incluso cuando lo hacemos, cuando nos decidimos por redactar unas líneas en la pantalla, tendemos a imitar la forma en la que hablamos. Contigo es distinto. Es como si al fin pudiera ser yo mismo y existir donde siempre he existido. A lo mejor es que el amor solo es amor sobre el papel. Claro que tú estás tan lejos. ¿Hace cuánto que no hablamos?

Aprender a querer contigo fue lo mejor del viaje. Tú sabes bien la distancia que se esconde entre un carácter y el siguiente. Cuántas horas de silencio, de vana reflexión: es pura metafísica; tiempo perdido que no se plasma en el tiempo preguntándonos acerca del propio tiempo.  Quizás sea precisamente eso lo que necesite el corazón, un sistema operativo eficiente, un software puntero que no se detenga en el borde de la palabra «petricor», la inteligencia artificial que le falta a los poetas. Pero aunque trate de convencerme, nunca llego a tomarme en serio a mí mismo. El problema, a lo mejor, es que comparto reflexión con Godard y no concibo el amor a otra velocidad que no sean los 24 fotogramas por segundo y, como Truffaut, a los 20 años de edad.

Posdata: Bon voyage !

En su última clase, una alumna quiso darme un regalo por haberle enseñado a escribir sus primera palabras en un idioma que no era el suyo. Cuando abrí la bobalicona agenda, reconocí sus letras danzarinas, desordenadas a lo largo y ancho de la página: «Good trip, teacher». Le pregunté si quería darme un abrazo, y ella se me colgó del cuello. Sentí, sin embargo, un vasto sentimiento de compasión por la pequeña. Cuántos golpes le faltaban para convertirse en media persona. No era justo. ¿Valía la pena? El agujero se hizo entonces más grande, devorando toda la materia que encontraba a su paso, hasta casi llegar a los pulmones. Pero antes del golpe fatal, cojo aire. Quizás vaya de esto la vida: de encoger el agujero una y otra vez con la esperanza de evadir el punto de no retorno.

Pero mientras me prometo desamor, Samantha, yo sigo cayendo rendido. Lejos del cinismo político, me refugio en las aceras del romance austero de una comedia francesa de verano.  En el ménage à trois de La mamá y la puta, en el erotismo de La Venus de las pieles de Polanski, en el azul que marcó La vida de Adèle, en el amor de Nouvelle Vague de Un homme et une femme. Pero también en la montaña de Brokeback, en el tejado de zinc, en las terrazas cubanas de Chico & Rita de Trueba, incluso en el olvido que firmó Haneke en Amour.

Voy por esa calle, los ojos cerrados, con miedo de que alguien me moleste. Por eso siempre ataco primero: «Hola, ¿qué tal? Qué largo tienes el pelo. Sí, sí, todo genial. Te escribo. ¡Nos vemos!». Así me olvido de que los amantes de París siempre nos acostamos sobre la misma canción.

Radiografía de la soledad

Es probable, Samantha, que no sumes una hora en diálogos. Pero siempre me pasa. Me enamoro rápido. Y todos los atributos que desconozco los completo con versiones de ti menos recientes. Te habré escuchado unas cinco veces en toda mi vida, pero siento que podría quererte como Theodore (como Jonze) te quiso. Este es el único remedio que le encuentro al triste agujerito: un puente de palabras a los personajes de los que nos enamoramos. «No puedo seguir viviendo en tus libros», nos dijiste. Y, sin embargo, yo tengo tanto espacio en mi estantería…

Y es que parece que los años y los daños van siempre de la mano. ¿Cómo voy a escaparme de esta extraordinaria soledad si hasta el cine se queda conmigo? Me enamoré de Tiffany en Silver Linings Playbook, de Barcelona en Nit d’estiu, de La Novia de Inma Cuesta, de Boo en Monstruos S. A.,  de la BSO de Whiplash, de Hermione, de México en Roma, de la poesía en Nostalgia y un poquito del Antoine Doinel de Truffaut. Y me dan igual tus dedos torcidos, tu perfume rancio, tus ojos largos sin abrazo. No quiero un Manhattan sin Annie Hall.

Dos son tantas cosas. Pero los abrazos son siempre analógicos.

Sin más, cielo, adiós.

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