Entrevista, Narrativa y teatro, Palabra

Una botella de ron vale más barato que un libro

Amalia Reforzo y Luis de la Cruz, coordinadores de la ONG Solican. Foto: Alexis Rodríguez

Dejé de escuchar a Marcos y bajé un poco la cabeza, como resignado. Decidí concentrarme en el pisar de mis tenis contra la carretera, manchada de lluvias y colillas aplastadas, y al alzar la vista encontré a un anciano de estirada barba negra y ojos también negros y rasgados. Vestía una túnica blanca, impoluta, que caía hasta los tobillos. Me acerqué, despacio, y observé que mantenía sus ojos cerrados. Me dijo, con voz ronca: «¿Lo ves?…, no te regañes, lo sé». De repente me agarró con fuerza del hombro y me apartó sin esfuerzo de la acera. «Deja pasar», dijo. Pero nadie pasaba y sus ojos cerrados parecían distinguir mi consternación. «Llegamos», dijo Marcos. Desapareció el anciano. Me pregunto: ¿Estoy loco?

Al entrar en la librería, la ONG Solican, me abandonó aquella sensación asfixiante y violenta de delirio, justo al notar la voz amable y bromista de Luis de la Cruz que nos recibía a Antonio, a Marcos y a mí desde su silla, siempre ubicada en la entrada para notar la brisa de Santa Cruz. Lucía una barba blanca y un par de ojos claros y alegres. Amalia Reforzo, su esposa, mostraba un rostro redondo, callado y atento, aunque no recuerdo con precisión muchos detalles físicos debido a que este encuentro aconteció hace un año. Tan solo regresan a mi memoria vagas sensaciones corporales, frases sueltas, algún gesto impreciso o algún nervio temblándome en el rostro o en la voz.

Una promesa

Me apenó muchísimo no realizar este reportaje para una asignatura de la Universidad. El profesor me obligó a sacar otras fotos (cumpliendo un formato específico) a Luis y Amalia, los encargados de esta librería de segunda mano. Entonces tuve que volver a la ONG y, al llegar, encontré una puerta cerrada y un cartel que anunciaba las vacaciones de verano durante el mes de julio. Justo a escasos días de concluir el curso académico me vi forzado a abandonar la idea de este proyecto y terminé entrevistando a un pastor de cabras de 90 años. En septiembre regresé a la librería y le conté lo ocurrido a Luis. Prometí publicar aquí su historia, la de Amalia y la de los libros.

Resulta inolvidable la primera impresión que suscita entrar en la librería de Luis y Amalia. Miles y miles de ejemplares ocupando altas y gruesas estanterías, alargadas mesas de comedor de colegio, cajas de plástico o de cartón para las frutas o apilándose en atrofiadas torres en el mostrador o a la altura del piso. Parece que uno penetra en una pequeña y remota ciudad amurallada de paredes, techos, columnas y personas construidas a partir de las delgadas páginas de un libro. Uno puede arrimarse a la pared y leer títulos de novelas o nombres de poetas inscritos en letras de oro. Podría derrumbarse por accidente el techo sobre tu cabeza, una avalancha de obras completas de Dickens, Cervantes o Poe.

Palabras flotantes

Angostos pasillos cercados de paredes llenas de poemas y largas historias de miedo, esperanza y amor. Dicen que los hombres y mujeres, que pasean por esta diminuta ciudad de sueño, esconden cánticos, leyendas o sentidas elegías. Ocultan esas estrofas invisibles en la mudez de la piel; en las duras arrugas de la frente o en las finas líneas de la mano. Palabras que se asoman silenciosas al brillo de ojos de Luis o a la tierna y corta sonrisa de Amalia. Además, algunos estrafalarios magos y brujas, cuyo nombre no puedo desvelar, afirman que nuestra piel está hecha de papel y que basta una afilada palabra para herirla y arrugarla. A veces las mejillas se deshacen en palabras de cristal, parecidas a lágrimas.  

Al llegar la noche suele oírse cierto jaleo en la librería, pero hay que cerrar bien los ojos y permanecer pacientes para poder escucharlo. «El ojo abierto, pero cerradito a la sensación; como se decía en Macbeth. Hay que intentar cerrar los ojos y sentir. Ya oirás», me contó un brujo del cual no puedo citar nombre y apellidos. Me aseguró que le resultaban cansinos los monótonos martillazos de un garfio al son de canciones desafinadas de borrachos y, que menos mal, que un tal Don Quijote suele ahuyentarlos con su cutre espada mientras un tal Odiseo maldice las tormentas. Los personajes de los libros despiertan al anochecer y se deslizan como fantasmas entre los estantes.

«Si usted, joven, adquiere un libro, también se llevará a varios fantasmas…, nuevos amigos, ¿no es maravilloso?, ¿qué le parece? Nunca estará solo. ¡Nunca jamás!… Y al leer, no olvide el requisito, debe tener los ojos abiertos a la sensación… ¡Ah! Y los cuentos deben oírse con los ojos cerrados, siempre con los ojos cerrados», exclamó el brujo. Aunque me advirtió que, en ocasiones, podemos llevarnos a casa algún espíritu indeseable y fastidioso. «Pero al final se le termina cogiendo cariño a todo el mundo. Es lo que siempre digo», matizó el brujo sin nombre y apellidos.

Mi conversación con los libreros

«Esta librería es una ONG, por lo que se diferencia de una convencional. No es un negocio. Al principio, tuvimos que buscar alguna opción para no pedirle dinero a nadie, ni con rifas, ni con nada. Nos encantaban los libros. Decidimos pedirle libros a la gente que ya no usen y los vendemos a uno o dos euros. Esa es la gran diferencia. Además hacía falta un local no demasiado caro, que lo conseguimos… No tenemos el último volumen, pero sí tenemos libros de todo tipo», así describe Luis la función de la ONG. Además, esta librería de segunda mano realiza anualmente otras tres campañas solidarias con la intención de ayudar al prójimo.

Una de ellas consiste en recolectar alimentos y productos de primera necesidad para los inquilinos de un asilo de ancianos ubicado en Güímar. También, durante el verano, recaudan medicamentos para destinarlos a los campamentos de Tinduf, en Argelia. Y además participan en otras iniciativas junto con otras obras caritativas de Tenerife.

«Siempre que lees algo aprendes, de verdad»

«La literatura para mí es todo. Todo…, para cualquier cosa. Márquez me ha enseñado cosas y el otro y el otro… ¡Y Galdós!, ella es amante de Galdós», explicó Luis mientras señalaba, extendiendo su grueso índice, la sonrisa de Amalia que creció deprisa al oír la palabra «Galdós». Ella asintió, alegre, y despegó el suéter del respaldo de la silla y se columpió levemente desde el bordillo del asiento, con los pies balanceándose sin tocar la tierra; como afirmando con todo su cuerpo. «Nos gusta mucho leer y creemos que aprendemos. Siempre que lees algo aprendes, de verdad. Inclusive para mal, pero aprendes. La vida se forja así», prosiguió Luis, intentando explicar su íntima relación con la literatura.

Amalia no era tan locuaz y extrovertida como Luis, pero de vez en cuando añadía breves comentarios o me dirigía alguna rápida sonrisa tras escuchar alguna broma de su marido. Recuerdo una frase corta que dijo ella tras hablar de la existencia de personas que no pueden comprar un libro y que encuentran facilidades para acceder a la cultura en la ONG Solican. «Una botella de ron vale más barata que un libro», dijo Amalia sin sonreír, seguramente manoseando la cubierta o el lomo de algún libro que tuviera cerca. Al pronunciar la palabra «libro» solía posar sus dedos sobre cualquier volumen o dirigía una mirada breve de cariño, como sus sonrisas, hacia alguna estantería.  

El loco de los libros

«Leer es una riqueza espiritual. Eso es llenarte por dentro bastante. Te encuentras lleno. Son historias que has leído y se te queda para siempre la sensación dentro. No se olvida», confesó Amalia acariciando la encuadernación de un libro. En relación a esto, Luis añadió que detectas el poder de la literatura cuando no lees, cuando percibes el vacío que deja. Entonces le comenté a Amalia que al leer La Montaña Mágica (Mann, 1924) sentí que pertenecía, vivía, esa historia; aún recuerdo el perfume denso de la mesa de los rusos distinguidos y el paisaje montañoso y nevado del sanatorio.  

Al concluir la entrevista les sugerí que me recomendaran un libro. Se tomaron tiempo para meditar una respuesta y prefirieron no arriesgarse a responder, ya que desconocían mis gustos literarios. Así que les cité varias obras que me habían cautivado mientras recogíamos las cámaras y guardábamos el material de grabación. Me mantuve expectante. Y antes de marcharnos se me acercó Luis, con expresión pensativa, y me recomendó Elogio a la locura (Róterdam, 1511). «Yo soy el loco de los libros. No le guardo rencor a nadie, ni siquiera a los que nos han puesto obstáculos. Nunca guardes rencor, hijo», me dijo él con tono afectuoso. Buscó el libro en la sección de clásicos y no lo encontró.

Antes de despedirme compré varias novelas y Amalia me regaló Mundo inmundo (Topor, 1972) y volvió a abrirse otra breve sonrisa en su rostro mientras le agradecía el rato de conversación. También agradecí, en voz baja, a Marcos y Antonio, amigos de la Universidad, el ayudarme a grabar la entrevista. «Yo soy el loco de los libros», dijo Luis. «No guardes rencor, hijo».

El tuerto

Al salir seguí oyendo las últimas frases entrecortadas de Luis y, para mi sorpresa, volvió a aparecer el anciano cubriéndose el dorso enflaquecido y moreno bajo la alargada túnica blanca. Otra vez frente a mí. Volví a fijarme en sus ojos y permanecían cerrados, como hundidos hacia el cráneo. Arrugué la vista para alcanzar una visión más nítida, menos engañosa. Y comprendí que no tenía ojos y la piel cicatrizada le latía con fuerza bajo las cejas, como soportando el latido de un desesperado corazón que quisiera ver. Sus manos alargadas y viejas sujetaban, con cierto esfuerzo, un libro y la piel latía y golpeaba en dirección a la historia. Mojó en saliva un dedo y pasó una página.

Sin alzar el flaco y pronunciado rostro del libro, el anciano arrugaba el ceño y a veces se sobresaltaba e incluso deslizaba la yema de sus dedos sobre las cicatrices, como si secara lágrimas de emoción de esos ojos sin ojos. Y por momentos pensé que le saldrían un par de ojos o brazos de la piel, arrancándosela a jirones. Él leía con turbada parsimonia, indiferente al mundo. De repente, un encogimiento de hombros provocó que un extremo de la túnica cayera hasta dejar parte de su pecho izquierdo y brillante, como bronceado, al descubierto. Forcé la vista para ver mejor y aún cuesta creer lo que vi.

Justo en su pecho izquierdo, medio tapado por la túnica blanca, alumbraba una especie de ojo esmeralda que temblaba bajo el ritmo ciego de un loco corazón.

(Reportaje realizado con la ayuda de Marcos Moreno y Antonio Cano)

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