Filosofía, Pensamiento

Atado a un mástil por si suena la sirena

Busto tricéfalo (que no trifálico) conservado en el museo galorromano de Lyon; cada rostro posee rasgos y estados de ánimo diferentes al otro, dispuestos para cualquier tipo de simulacro. Foto: Ricardo Marrero Gil

Cuando salgo a la calle en un otoño a dos grados y el sol tumba las hojas y llega a mi piel. Entonces, pequeños momentos, escucha, breves instantes en los que me digo lo feliz que soy. Luego la fiebre, pasajera, me deja solo con el recuerdo de la brisa alisia, de un amigo del que nunca pude despedirme aunque jamás se marchó. Pero en el segundo que se me eriza el cuerpo, que se me vienen a la cabeza tus poemas sumido en la efervescencia del rayito de sol, escucha, te digo, aunque suena a locura, lo feliz que soy. Como un arlequín que se borra la sonrisa cuando sale de escena y respira, ya sin la careta, en el backstage. Pero, en fin, después suena la sirena. Vuelta al simulacro, regreso a la simulación. Soy un extranjero que es ante todo extranjero de sí mismo.

Conversación sincera al pie de los Alpes

La vida es sueño, casi una noche de verano. Se acaba rápido y lo único que queda de nosotros es el amor que hemos dado, o sea, restos de mala literatura. Ante María del Pilar y José María, no somos más que hienas. Presos de nosotros, de las reglas del juego, nos pasamos el día (la vida) siendo cosas que en realidad no somos.

—La musique. Ma vraie passion est la musique. Le piano était ma vie -me responden con acento italiano cuando indago en el motivo de la sonrisa al saltar Chopin en la radio. 

—Et maintenant il n’est plus ta vie ?

—Je n’ai pas le temps.

Abandonamos cosas que nos dan la vida porque creemos que nos cuestan caras. Y en el capitalismo solo importan dos: la explotación de los recursos y la venta de nuestro tiempo, el verdadero capital. Por eso debemos elegir. Por eso Luca, un Erasmus italiano, tiene que estudiar Lenguas Modernas aunque su verdadera pasión sea el conservatorio. Tenía que escoger: o seguir su carrera como pianista o aprobar los exámenes de la universidad. No había tiempo para las dos cosas. No había tiempo para ser feliz.

—Je voyais mes amis. Ils ont plus de talent que moi. Ils devaient travailler pendant toute la journée, parfois aussi pendant la nuit. Combien de temps m’aurait-il pris de devenir un jour comme eux ?

Y así, con una simple explicación anclada en el borde del miedo, de la fastuosa levedad del ego artístico, me justificaba Luca por qué vivirá su vida siguiendo el plan B. Y mientras, otros como Luis, corren el riesgo de equivocarse. Y lo hacen a manos llenas, atiborrándose del festín de la locura, del error. Entre tanto, Luca, como yo, terminará por asfixiarse bajo su máscara.

Teatro, institución y alegoría

Es eso, en esencia, lo que Erving Goffman trata de explicarnos en su llamativo análisis de las relaciones sociales. Cada transacción humana en su individualidad es, en realidad, uno de los millones de átomos que componen una sociedad. Sobre esa estructura organizativa se imponen reglas, ritos y convenciones a los que, en mayor o menor medida, todos estamos supeditados directa o indirectamente. 

También autores como Stuart Hall, Descartes o Rousseau se adentraron en la metáfora dramatúrgica, aunque ninguno con la preciosidad de Goffman. En su Presentación de la persona en la vida cotidiana (en francés, La Mise en scène de la vie quotidienne), ofrece las herramientas para desencriptar la forma en que los humanos nos enfrentamos a ese conflicto interminable llamado comunicación. En resumen, lo que el antropólogo y sociólogo nos descubre es un juego de máscaras.

Según el canadiense, para soportar el estrés que provoca interactuar con otras personas, en especial bajo el marco de instituciones totalitarias (lugar de estudios o trabajo, donde la jerarquía es prácticamente infranqueable), seguimos ritos de interacción. Aunque nuestra identidad virtual sea más fluctuante, también Internet puede ser analizado con la lupa del espacio teatral. Guy Debord tampoco estuvo muy lejos cuando lanzó La sociedad del espectáculo

Calendario de un autómata

Piénsalo. Te levantas temprano porque te obliga un reloj. Revisas los mensajes de WhatsApp, Instagram, Facebook o quizás las noticias del día. No quieres salir de la cama. Necesitas algo de tiempo para ser la persona que esperan que seas. Mientras, solo eres una especie de transfiguración, la transición del «yo» dormido (desprovisto de máscaras) al «yo» bizarramente despierto. 

En la guagua saludas al chófer, pero no porque tengas especialmente ganas. Llegas al trabajo y, con suerte, franqueas la entrada sin cruzarte con ningún compañero, es decir, con ningún otro actor. Te instalas en tu puesto aún en modo zombie e interactúas con los demás de la forma que viene impuesta por el espacio. Quizás tratas con aire de desprecio y soberbia a tus alumnos (la habitación te dice que tú, escudado en tu atril, elevado en la plataforma o protegido por un amplio escritorio eres superior), cuando resulta que estás enganchado a la misma serie que ellos. Al contrario, quizás tiembles al entrar al despacho de tu tutor cuando en realidad ambos comparten marca de cerveza favorita. Puede ser que tengas que estrechar la mano a tus clientes o que no puedas evitar cierto aire reverencial (por mera prudencia) con tu jefe. 

Una camarera tendrá que responder con una sonrisa a un mal comentario y un recepcionista aguantar las impertinencias de algún burgués de paso. Sin embargo, puede que se reúnan con sus amigos a la hora del almuerzo. Entonces no serán los mismos. Podrán decir palabrotas, hablar con franqueza y quejarse de lo dura que es la vida pese a que cada día ofrezca algo nuevo y maravilloso (cojo prestado las primeras líneas del documental Moi, un noir, de Jean Rouch). Sin embargo, pese al cambio de papel, el libreto les sigue imponiendo ciertas limitaciones: hay que guardar el pudor social, morderse la lengua, contener las críticas, evitar reír demasiado fuerte o llorar en público. Tres cuartos de lo mismo se aplica con la familia.

La erección frente a la Matrix

Habrá, entre tanta farsa, alguna interrupción en la función. Yo, por ejemplo, aprovecho las pausas entre mis clases para evadirme del mundo y anotar alguna palabra suelta en un bloc de notas. Tú tal vez hagas la parada del cigarrito por el simple placer de darte una muerte lenta o prefieras saciar tu adicción al café. Son algunos instantes entre bambalinas en los que respiramos, le damos un repaso al guion y nos preparamos para sacar adelante lo que queda de espectáculo. 

Ya en casa, te abandonas al onanismo mental y físico. Y al final, ¿eres la suma de todas esas máscaras o la anulación de todas ellas? Lo que está claro es que somos gilipollas. O, solo por darme el gusto de usar el término sociológico introducido por Baudrillard, vivimos en un simulacro, una especie de espejismo que ha terminado por sustituir a la realidad. Como un mapa que cobra vida propia mientras que las tierras que representa dejan de existir.

Y cuando nos quitan el guion, como proponen nuestros artistas contemporáneos o, sin ir más lejos, algunas de las piezas novoperiodísticas de Tripticum (“A tres voces”, “El barrio del Principito”, “La isla”, “¿Qué es la literatura?”…), nos resignamos con el no entiendo, ergo, no me gusta.

 Permíteme volver a donde estábamos al principio

Nos pasamos la primera mitad del año babeando por unas vacaciones y la segunda, deseando que se acabe y que otro vuelva a empezar. Y yo me pregunto: ¿no será que solo somos felices en verano? Y no especialmente porque nos guste la época estival, sino por el rayito de sol en medio de tanta gelidez mórbida. Lo digo por las cartas febriles a la una de la mañana, algunos poemas rápidos al borde de una playa, las birras con amigos a las 12 o a las tantas, las risas y el compartir las penas, las fiestas y los silencios, la película que y cuando quieras, la escapadita a Italia o a El Hierro, follar con la persona que quieres o querer con esa persona. ¿Y si en realidad solo vivimos en verano? ¿Y si morimos en esa fuga intermitente de las sirenas? ¿Y si entre tanto nos quedamos atados al mástil por miedo a que pase algo? En todo caso, mis besos favoritos siempre los recuerdo con el mismo sabor a salitre.

1 Comentario

  1. Sabina

    Como diría Gibran Khalil Gibran en ‘El Loco’:«. Me preguntas cómo me volví loco. Ocurrió así: Un día, mucho antes de que nacieran los dioses, desperté de un profundo sueño y descubrí que se habían robado todas mis máscaras, las siete máscaras que había modelado y usado en siete vidad».
    Yo también hace tiempo que estoy loca. Solo cuando recuerdo mis máscaras, vuelvo a estar cuerda unos segundos y me asfixio. Luego regresó a la locura y respiro libre.
    Muchas gracias por este texto sincero y nada críptico.

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