Filología, Humanidades

Despeja la ‘x’

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Es indiscutible el hecho de que cada individuo posee su propia visión del mundo, moldeada pasivamente por los estímulos que recibe. Esta puede concebirse como un reflejo de la realidad o como el factor condicionante que determina la estructura de una lengua. Pero determinar si es el lenguaje el que está supeditado a nuestra visión del mundo o viceversa supone un dilema considerable que muchos lingüistas han intentado resolver.

¿Es el lenguaje un reflejo del pensamiento o una forma de canalizarlo?

Ahora bien, ¿cómo afrontar que nuestra forma de ser y de pensar está condicionada por algo tan intrínseco como el lenguaje? ¿Cómo ignorar la brecha existente entre las distintas lenguas del mundo? Partiendo de la base de que las categorías lingüísticas son clasificaciones de la experiencia y estas son, a su vez, inherentes a cada lengua, debemos suponer que la capacidad de cada lengua es inmensa y que ninguna lengua corresponde a otra. Esto deja a la traductología en un lugar poco deseable, donde se cuestiona la norma canónica que define la traducción como la actividad que consiste en comprender el significado de un texto origen en un idioma, para producir un texto meta con significado equivalente en otro idioma. Ya no se hablaría de transportar significado sino de realizar una equivalencia aproximada de la visión de la realidad que posee una sociedad.

Todas estas incógnitas pueden suponer un impedimento incompatible con la voluntad de entender todo cuanto nos rodea, pues la objetividad pierde todo el sentido cuando concebimos la posibilidad de que el lenguaje nos limita, y que la fidelidad y la neutralidad son conceptos tan antitéticos como complementarios. Afirmar que existe tal cosa como la neutralidad lingüística es una verdad relativa. No obstante, era de esperar teniendo en cuenta que gran parte de nuestro conocimiento está formado por verdades a medias. Sería necesario disponer de una lengua neutra y exacta que sirviera como referente universal, pero eso está muy lejos de existir. De hecho, parece ser que estamos optando por desviarnos de tal cometido pretendiendo modificar la gramática española abogando una falta de equidad en factores lingüísticos que escapan a nuestro entendimiento. La verdad es que jugar a ser dioses omnipotentes nunca se nos ha dado muy bien, pero puede que esta vez se nos esté yendo de las manos.

Lengua, realidad y viceversa

Es ciertamente inquietante la creciente convicción de que la clave de un “lenguaje inclusivo” recae en el morfema de género. La reciente preocupación por reflejar una neutralidad absoluta en el lenguaje nace de la confusión entre sexo biológico y género gramatical. El género gramatical no es más que una característica arbitraria de los sistemas lingüísticos, una forma de clasificar los elementos nominales dentro de un número finito de clases, para las cuales generalmente hay reglas de concordancia. Esto quiere decir que ni siquiera para seres sexuados existe una correlación lógica entre el sexo biológico y el género gramatical que designa a dicho ser. Además, sostener taxativamente que un lenguaje neutro se traduce en un mayor grado de igualdad social conllevaría afirmar que las sociedades con idiomas sin género gramatical (tales como finés, estonio, húngaro, sami, farsi, etc.) deberían ser imparciales desde hace siglos. No obstante, el paso del tiempo ha probado que no existe tal analogía.

El español clasifica los términos en marcados (de mayor precisión significativa) y no marcados (de mayor amplitud semántica). Lo que está causando una indignación generalizada (y a mi entender, poco justificada) es el hecho de que el género no marcado en el español estándar sea el masculino, lo cual quiere decir que su amplitud semántica es mayor y, por ende, abarca ambos géneros. Quizás el problema radique en la propia denominación, puede que si se llamase “género A” a nadie se le ocurriría modificar la gramática española. En realidad, esto tiene una explicación muy sencilla y es que, en la evolución del latín al español, el género masculino asimiló formalmente las declinaciones correspondientes al neutro.

El auténtico error radica en centrar una lucha tan importante en aspectos tan irrelevantes y arbitrarios que no solo no ayudan a solucionar un problema real y apremiante, sino que nos distancian del mismo. Cuando afirmamos que el lenguaje es sexista estamos cometiendo el grave error de personificarlo y, a su vez, eximimos al verdadero culpable. Es el hablante el portador de esa cualidad, pues es el creador de su propia realidad en que este caso se cristaliza a través del lenguaje. El problema no radica en el morfema de género sino en el propio contenido semántico o en los códigos lingüísticos que el hablante decida emplear.


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