Filología, Humanidades

La muerte de las lenguas

Hay quien dice que las lenguas están sometidas a una suerte de darwinismo lingüístico, en el que las lenguas nacen, crecen y mueren. Y que, si seguimos con la analogía con el mundo animal, sobrevive la mejor, algo así como la ley del más fuerte en términos lingüísticos. Aquí nos encontramos ante lo que David Crystal llamó “la muerte de las lenguas”, título del libro en el que desarrolla esta idea.

Según las escasas estimaciones, que el propio Crystal observa en su ensayo, podríamos afirmar que, actualmente, existen entre 6000 y 8000 lenguas en el planeta. Unas pocas de ellas, muy conocidas y muy habladas; otras, menos conocidas e inexistentes a ojos de la inmensa mayoría. Muchos son los ejemplos en el que las primeras, las dominantes, por estar asociadas a un poder político y económico (a veces, también militar), arrasan con aquellas que se hablan en los territorios conquistados, como se observó en La influencia de la RAE en el español que hablamos.

¿De verdad existe la muerte de las lenguas?

Es complicado intentar predecir cómo evolucionará el número de lenguas que se hablarán de aquí a final del siglo, pues depende de qué variables utilicemos para intentar medir el índice de riesgo de extinción de las lenguas. Unas posiciones optimistas, estiman que se reducirán en torno al 30%, y sobrevivirían unas 5.000 lenguas. Otras posiciones más pesimistas, afirman que se reducirán en un 75 y 80%, lo que nos dejaría con tan solo 1400 lenguas (de las 7000, aproximadamente, que existen hoy día). Si les parece, seamos, y que no sirva de precedente, equidistantes: pongamos que sobreviven la mitad, es decir, 3500 lenguas. Todo esto, al ser conscientes de que, según la dirección que estamos tomando, las lenguas irán desapareciendo progresivamente.

¿Mueren las lenguas por un proceso natural?

Si hay un patrón que se ha reproducido desde el momento en el que se ve a las lenguas como otro elemento más asociado al epicentro político, es el de achacar a factores estrictamente lingüísticos, sucesos que no lo son. El ejemplo más claro es aquel en el que, por motivos de conquista o colonización, se impone una lengua sobre otra y se dan motivos como que “así se mejora la comunicación” o “x lengua es mejor que y”. Todo esto quiere decir que pocas veces una lengua desaparece por factores naturales y, por tanto, no consideramos a las lenguas como seres vivientes.

Llegados a este punto, habría que analizar si queremos un mundo con una lengua vehicular e hipercentral para todos, una especie de planeta pre-Babel; o si, por el contrario, queremos preservar las máximas lenguas posibles.

Uno de los argumentos esgrimidos a favor de mantener cuantas menos lenguas posibles, mejor, es aquel que emana de las instituciones internacionales como la ONU, pues, para ellos, hay que priorizar lo práctico, y unificar todo a una sola lengua. Es decir, para entendernos todos sin ninguna traba, mejor hablar una sola lengua. Aunque en privado se intente fomentar otras lenguas, si se cumplen las intenciones de dichos organismos, estaremos abocados, sin remedio, al abandono y muerte de las lenguas. Como vemos, siempre son factores extralingüísticos los que componen el grueso de los motivos por las que mueren.

¿Y la multiculturalidad?

Pero, ¿estamos dispuestos a pagar ese precio? En España, por ejemplo, tenemos como lengua oficial el español, y al galego, catalá y euskera como coficiales. Y el asturianu que lucha por alcanzar dicho estatus. Pero hay otros muchos países en los que se hablan muchísimas lenguas, algunas con reconocimiento gubernamental, y otras no. ¿Dejaremos que se “mueran” con tal de “mejorar” nuestra comunicación?

Las consecuencias de la globalización -a la que no considero como tal, negativa- alcanzan a todos los ámbitos, y la lingüística no iba a ser una excepción. El problema añadido que nos encontramos es que la lengua no es un ente abstracto e independiente, sino que va asociado, también, a una manera de vivir y a una forma determinada de relaciones interpersonales; en definitiva, a una cultura.

¿Existirá un equilibrio?

Parece que es irreversible que las lenguas desaparezcan, aunque si bien es cierto es algo que no es nuevo por la aparición de la globalización. Pero sí que tenemos en nuestra mano intentar preservar el máximo posible. A través de las mismas instituciones que han favorecido la estandarización de lenguas, la imposición de estas y su homogenización, se puede legislar para fomentar el uso y la pervivencia de las lenguas que, hasta el momento, parece que están abocadas a la desaparición.

Está en juego mucho más que la variación en el contador de lenguas. Está en juego la multiculturalidad, lo diverso que nos distingue, pero que nos une como personas. Que no se pierda la esencia del ser humano, sea de donde fuere, depende de la preservación de sus lenguas. No volvamos a cometer errores que hicieron perder una parte no material de nuestros antepasados. Preservemos, con éxito, el mayor número de lenguas posibles. Preservemos nuestra cultura, que aún diferente, nos define como humanidad.

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