2021 me arrastró y me revolcó contra las orillas literarias de Natalia Sosa Ayala. Esta mujer me destartaló. Canariona, lesbiana y antifascista: es decir, compatriota. Un mes de julio que empezó frío y lagunero, tejiendo mi patria entre incómodas sillas de la biblioteca y cafés de máquina. Natalia Sosa, una escritora increíble que, sin duda, no ocupa el espacio que merece en la historia de nuestras letras, supo poner voz al dolor de muchas existencias condenadas a no ser. Lloro leyéndola enamorarse y con el corazón roto, rezando a Dios y sufriendo por la dictadura franquista. Lloro, también, porque su voz no se alzó y ahora la llevo, un poquito, en mi garganta. Creo que encontré el amor.

El calor me gusta y me agota: encuentro placer en ese hipotenso letargo, persianas y ventana cerradas no vaya a ser que entre el calor. Era martes de 13 julio e ignoré la alarma. Despiértate cariño que se nos escapa la guagua. Muá, muá. Alientos mañaneros. Dos o tres toqueteos de costillas que pretendían ser abrazo después, resoplé y me senté al borde de la cama. La calima asquerosa había vuelto. Empezaba el día en el que leería por primera vez esto:

«No estar es la palabra radical que conozco,

los primeros signos que aprendí siendo niña

en todos los contornos

y en todas las esquinas.

No estar aquí, no estar en ningún sitio,

sumida en un vaivén de olas inestables».

Tempestades en las palabras de Natalia Sosa

Iba camino de Almáciga, Taganana, Anaga o lo que es lo mismo, cruzando unos riscos impresionantes. Resonaban en algún lugar de mi cráneo las palabras de Unamuno sobre las cumbres de otra isla: «tempestad petrificada». Cruzando una vieja tormenta de lava, Natalia Sosa me arrancó el esternón y arrulló un corazón que latía a descompás.

Blanca Hernández Quintana, filóloga y profesora de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, editó en estos pandémicos tiempos Soy éxodo y llegada (Torremozas, 2021). Este libro/joya, prologado también con maestría, reúne la obra poética de Natalia Sosa de varios de sus libros: Diciembre (1992), Cuando es sombra la tarde (1999) y Los poemas de una mujer apátrida (2003, póstumo). Cada una de las palabras de este éxodo y llegada que todas somos, se disponen como una red elástica y sólida que sostiene con cautela y calidez las existencias subalternas. Siento que si nosotras, las sujetas otras, nos dejamos caer: los versos de Natalia Sosa nos recibirán con un cálido arrullo.

El amor: mi patria y mi trinchera

Entre tumbos, curvas imposibles y pitadas, fui pensando en todo lo que amo y amé. Ideas, ideales, música y encuadres de cine. Personas, familia y amigos, hombres y mujeres. Animales, la playa de las Canteras y las laderas de La Palma. Amo a una humanidad resquebrajada de dolor y muerte. Pero como diría Lola Flores, me siento chiquitita sumergida en los versos que Natalia Sosa dedicó al «amor, amor». Yo no sé si erró creyendo que el amor era su patria: estas páginas son ahora la mía, el lugar al que mañana, pasado, el año que viene y dentro de una década voy a querer volver, proteger y cuidar con mimo. Natalia Sosa Ayala un día, se despertó en Las Palmas de Gran Canaria, tal vez había panza de burro y no le quedaba leche para el café o se le rompió el mechero —o cualquier otra banalidad que hagan las genias a mediodía—, y escribió:

«En tu hombro, ¡cómo lo sabes tú, cómo lo sabes!,

te confesé que no sabía querer

y que moría por no tener mi patria en ti.

¡Y la tenía!

¿Qué importa si,

después,

se volvió ausencia aquel pequeño libro que leías

y tu voz permanente en las paredes, y la queta azul en despedida?»

Pareciera que estas palabras llevasen toda mi vida aguardando bajo la cama, abrigadas entre pelusas y zócalos machucados, esperando el momento en el que abordarme, estamparse contra mi cara y poner palabras a una grieta que atraviesa mi costado. Amé con urgencia, con prisa, con dolor, con inseguridad, como el agua que rompe, torpe y bruta, las compuertas de una presa. Amé también como quien pela una manzana sabiéndose ociosa para dedicar horas a desayunar. Amé con admiración y con respeto, con distancia y en vela. Amé para olvidarme de mí, de amarme a mí, de amar mis carnes y mis sentires. Ansié siempre amar, ¡siempre!, porque parar de amar era parar de ser, parar de pensar, parar de existir. Creí que el amor era mi patria y mi trinchera, la única, lo único que me quedaba en este habitar de hambre, enfermedad y ruinas. En definitiva, amé o eso creí hacer.

Natalia Sosa y los amores rebeldes

Aquel 13 de julio de 2021 de camino a una playa de olas fieras, en medio de una tormenta de enfermedad y miedo, las líneas que contiene este libro, diría que también el roce y las caricias entre mis manos y sus páginas y su portada, me vacunaron contra el tedio y el hastío —muchas veces asociado a la adultez— que parece invadir los quereres de mi entorno. Me niego a dejar de querer a pecho descubierto. No quiero nunca que el amor sea miedo a la soledad, que sea comodidad y aburrimiento. Quiero que el amor siempre sea rebelde, un reto y siempre se sienta como el veraniego crepitar de las brasas de un asadero familiar —calor pero en el alma, en el tórax—. La soledad siempre está en mí. No la temo. Quiero amar desde la certeza de la soledad.

«Poned sobre mi lápida la palabra que diga:

este habitante nuevo del recinto maldito

no ha venido rebelde,

ha venido buscando la soledad infinita.

Dadle la bienvenida

que aún tienen sus ojos destellos de la vida

y rayos centelleantes de secretas pasiones».

Volví a casa ese día salada, quemada, amada y amante. Todo en armonía con mis compañeros de viaje: ellos se mareaban en la guagua pero corrían más ágiles risco arriba hasta la parada. Bellísimo ver amar a la gente que amas. Mis niños. Pocas cosas más bellas que una mano que acompaña a otra en sus temblores y en las lágrimas por una canción, maldita y bendita, que trae olores de otros tiempos. Ya no amo como antes. Ahora amo mejor. Creo. Me amo a mí. Amo aunque nadie me vea, aunque nadie me toque, aunque nadie me escriba. Amo sin tristeza, sin ansiedad y, por encima de todo, amo a mi soledad y la protejo.

Amores destartalados y canariones

Las palabras de Natalia Sosa me destartalaron y me pusieron ante el espejo de mi yo adolescente: «Es preferible querer, ¡siempre querer!, que no dejarse querer». Amo unas yemas frágiles, sutiles, firmes y mañaneras. Amo con la paciencia de quien se sabe libre y hace libre al amado. Ahora sí que amo. Vuelvo a amar porque volví a mi Gran Canaria natal, paternal e impresionante, volví a mi patria a través de los versos de Natalia Sosa:

«Cuánto encontré fue mucho más que un pueblo,

y las pequeñas casas habitadas

por lluviosos paneles de palabras,

desbordó, como un torrente, lo que yo,

como patria,

buscaba sin descanso.

Tan grande fue el hallazgo,

tan inmenso el remanso, y tal la estela azul de aquel velero,

que me embriagué del gozo de tenerla

y,

aferrada a su cuello, encajes y narcisos,

sin saber que casi la tenía y que por patria yo podía llamarla,

fueron tan fieros mi amor y mi alegría

que el velero yo hundí:

y era mi patria».

Ese día, llegué a casa y me duché. ¿Nos duchamos juntos? No mira, prefiero que no. Genial, así puedo ponerme a Rocío Jurado mientras chillo los amores de la más grande bajo esta ducha lagunera. Que rica el agua dulce después de los salados golpes de olas atlánticas y arena negra. Buenas noches, cariño, voy a apagar la luz ya. Besito largo, suave y sincero en una mejilla. A dormir y a amar.


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