Hola. Sabes quién eres. No te preocupes, solo me gusta dedicar textos que nunca serán leídos. Mira, siéntate aquí, al lado. Hoy —por ayer— ha fallecido Javier Marías. No sé quién es, salvo lo que ha significado para una literatura —me quedan muchas lecturas pendientes, aunque las redes me han brindado la primera página de Corazón tan blanco y será lo que busque en la biblioteca. Mientras, sigo viéndome con Carmen Martín Gaite. La dedicatoria también era una indirecta. La historia de hoy —por ayer— lo era. No lo sé. Hay una cosa que se llama apego intermitente, y no tiene que ver contigo. Lo reconozco, lo rehúyo, aunque hasta hace 19 días no claudiqué y dejé que la máquina tragaperras ganara esta partida ya abandonada. En ti hay otra cosa. ¿Ilusión?

No te dedico este escrito en sí mismo. Podrías haber sido cualquier otro. Otra. Sin embargo, las circunstancias han querido que te esté hablando con honestidad. Es más, esta explicación iba al final, después de un ladillo en H2, ¿o H3? En ese párrafo de renuncias iba a decirte que dentro de nuestra conversación de frivolidades hubo varios chispazos que conectaron con el tema mater de las líneas que lo van a ir formando.

(Hace unos días le pregunté a R. qué había sido primero, si el pensamiento o la idea, si el huevo o la gallina, que aquí ha de ser una línea definitoria del carácter de la creación realizada, y después de hablar largo y tendido durante más de una hora, cuando estábamos ya fuera del escenario en el que nos faltaba un barraquito, me sentí triste. Eso sí que no se lo dije. Me sentí triste. De alguna manera, lo había alejado de mí. Contemplé tendida el techo de mi habitación con su voz al otro lado del teléfono y comprendí cuánto lo había echado de menos. Había desaparecido, y no había sido consciente de por cuánto tiempo mi ausencia había descendido por una espalda lánguida).

He vuelto a trabajar, después de mis vacaciones. El Estatuto de los Trabajadores debería ser recitado cada día como si fuesen los diez mandamientos. Después de dos años, he descansado. Completamente. Mi cabeza, vacía, hueca, sin más tareas pendientes, ni deberes, conflictos: ante sí, una lista de cosas que hacer en el transcurso reposado de los días siguientes. Era un globo vacío lleno de aire limpio que botaba sobre las almohadas. Y leí. Ah, sí. Leí tanto que renové mis palabras, brotaron, salieron frescas a mi boca, reí, me entusiasmé, hice ejercicio con piernas esbeltas de gimnasia rítmica, adiviné y me sentí cómplice de esas páginas que me hablaban con ternura. La ternura, ¿verdad? El otro día te dije que me gustaba hablar contigo. Como una hemorragia lo dije. Y fue verdad.

Tanto como con A., con N., M., P., S., J., M., P., D., C.,… Les he tenido que dar dolores de cabeza pues, advierto, últimamente mi monotema ha sido el trabajo. EL TRABAJO. Como concepto en sí. No del mío, del cual me siento pudorosa si me preguntan, sino de la entrega voluntaria de horas a las cuales le debemos nuestras vidas. Tanto en un charco de Fuerteventura como frente a la barra de Las Canteras he estado repensando algunas sorpresas y certezas rumiantes con mis amigas. Deberíamos ser más petardas, y lo soy, pero a veces hay cosas que no me quito de la cabeza.

Supersaurio, primero de prácticas

Conocí a Meryem El Mehdati hace unos meses cuando publicó su primer libro: Supersaurio. La editorial me envió un ejemplar que tengo subrayado, doblado y estudiado. Está aquí, a mi lado, y lo más sorprendente de él es que refleja la estupefacción y marginación de una generación que ha crecido con la fuerza y el tino para incendiar contenedores y que, aplastada, intenta camuflar su cansancio con la indiferencia. Más allá de los derechos conquistados, de la fortuna con la que vivimos donde gastamos en vez de ahorrar para una hipoteca —eso dicen los pseudoexpertos—, del profundo agradecimiento que sentimos hacia los avances alcanzados en un pasado tan cercano como olvidadizo y engullido por la brecha digital que causó la revolución de las redes en 2008, más allá de todo eso: estamos hartos.

Cojo una cita subrayada al azar: «Sospecho que soy bastante buena en mi trabajo, no porque me guste o me motive, sino porque no quiero perderlo. Hija de inmigrantes, el discurso de la meritocracia y el trabajo duro está en mi ADN, por mucho que la meritocracia sea una falacia o que el trabajo duro solo beneficie al que no ha dado un palo en su vida. ¿Por qué cobra más un business assurance manager que la cajera de un supermercado o que un reponedor? Si mañana desaparecieran todas las cajeras y todos los reponedores del mundo nos daríamos cuenta enseguida. Si desapareciesen todos los business assurance managers… No».

Hoy —por ayer— volví del sur después de un fin de semana en el que celebramos el 60 cumpleaños de mi padre. Mi padre empezó a trabajar a los 14 años en uno de los hoteles más lujosos de la costa grancanaria fregando platos hasta alcanzar el puesto de adjunto a la sección de carnes en cocina. Logró sacar el graduado escolar gracias a que un profesor insistió. Luego, lo echaron sin contemplaciones, como agua sucia, una llamada y listo, después de haberles entregado más de la mitad de su vida a la entrada vociferante de los ERE de 2008.

No lo veía los fines de semana, libraba los miércoles y los jueves, y sabía que estaba atraída por el olor a tortilla de papas que inundaba la casa nada más entrar. Ese gustoso plato que solo los más afortunados han podido probar. Recuerdo que tocaba la puerta del salón con sigilo por no interrumpir la siesta al llegar a casa. Y las discusiones, el distanciamiento, crecíamos y él no sabía qué ocurría, intentaba, dentro de su frustración, alcanzarnos, pero nos alejábamos, me alejaba, y no sabía cómo hablarle sin que sintiera que algo se nos escapaba. Como decía Amaral, hubo que agradecer el despido después de que la vida volviera a encauzarse.

Mi padre, ahora, es feliz al disfrutar de nuestra familia, aunque las bolsas de los ojos estén hinchadas y las cuentas no alcancen porque, en cierta medida y hasta que logre llegar a la jubilación, dispone de su tiempo. Su tiempo. La posesión más preciada y singular de cualquier ser humano.

Volvimos del sur. La posición económica ha cambiado y arrugada en la piscina miraba a esos guiris que buscan sol. Estaba nublado: ¿Qué haría un guiri sin sol? ¿Mueren? ¿Marchitan? ¿Se quejarán al turoperador que tiene una avenida a su nombre o a la empresa que ha hincado su logotipo en el paseo de más abajo —la zona lujosa a la que no podemos acceder? ¿Agotarán la crema solar antes de que la nube se traslade a la cumbre o pensarán, convencidos de su destino, que es mejor estar aquí a 20 grados junto a un charco de cloro a volver a sus casas?

No quieren ver los matorrales secos ni los centros comerciales herrumbrosos. Le ofrecemos la mediocridad de lo cutre. Pero quieren cerrar los ojos bajo la estrella reina. No los odio. ¿O sí? Odio este parque temático construido para ellos. Esta burbuja económica, esta falta de miras. Estos edificios con gotelé construidos en la década de los 60 al amparo del estallido turístico. Odio que no haya alternativas, ni renovación, ni preguntas, que no respuestas. Sé cuánto ha de inclinar uno la espalda ante la inversión. Han hecho que sea así. ¿A qué precio?

Supersaurio va sobre una chica que entra a trabajar en prácticas en un supermercado. Meryem ha dado varias entrevistas al respecto y denunciado la precariedad laboral, el acoso y el machismo que sobrevuela en un sistema contemplado más que para consumir. Y habla desde y en Canarias. Este es un libro que marcará el acompañamiento de cientos de jóvenes que crecen a horcajadas de horarios incompatibles y sueños húmedos de nóminas. No es el mejor que hará. Lo sabemos. La cosa está en que una chica de Puerto Rico te hace rabiar y reír con sus agudezas y sinsentidos, como una tarde de desahogo, una llorera de después de la cena, un hilo de Twitter que te explica los salseos entre famosos, hace que expulses aire y veas que, vaya, no hacen falta los grandes soliloquios del 15-M y sus melancólicos para reconocer que todo está jodidamente mal.  

¿Ves? Mañana tengo que ir a trabajar y aquí estoy, escribiendo.

Y la protagonista evoluciona y va agotando, transformando y mudando de capas. No hay tiempo siquiera para el amor, ¡es una distracción! Desea y ama con la certeza de que es una inversión, término mercantilista, de un esfuerzo que requiere de un coraje que no será recíproco. En el frente, la familia es una fortuna en la ficción. Y de improviso me encuentro la entrevista realizada a Sara Mesa por Laura Fernández en El País. [«Crecer es irte desprendiendo de capas de ti mismo, capas que has creado para complacer a los demás y que han hecho que olvides quién eres en realidad. La familia —su nuevo libro— es una amenaza constante para la parcela propia del yo íntimo que debe defenderse porque, volver a encontrarse una vez te has perdido, cuesta mucho», explica]. Primero fueron los allegados, los amores, más tarde, las amistades, al final, los compañeros de trabajo, ¿en qué espacio somos?

Existíamos el mar, trabajo de adultos

Entonces, llega Belén Gopegui y te da un puñetazo en el estómago. La escritora madrileña conoce y reconoce las fallas incandescentes de su cuna. El salto es cuantitativo y cualitativo: cinco compañeros de piso de mediana edad comparten sus vidas obligados, de cierta forma, por las circunstancias de trabajos mal pagados y un encarecimiento de la vida que hace saltar los plomos. Se llevan bien, punto a favor y un conflicto menos que deshacer en la novela, y, de repente, Jara desaparece. Jara somos todas. Jara es la pregunta conflictiva, el razonamiento utópico, la respuesta adecuada y el temperamento que ahogamos. También, la desazón y la angustia que impregna las ansiedades nocturnas.

Hay dos partes que debo citar:

«Mariana seguramente insistirá en que se vean pero luego dirá que no importa, que el teléfono está bien, y añadirá algo, que también necesita a veces mirar lejos, pensar en cosas y personas que no sean las de todos los días: no porque las rechace ni porque no quiera mantenerse leal a ellas, sino porque aguantar no es un verbo sagrado, no siempre hay que aguantar aunque no puede decir cuándo será el momento del sí o del no, pues dependerá de la situación de cada persona y de que haya un sitio donde no aguantar no cree más angustia. A lo mejor le dice todo eso y entonces Jara, cabezota y memoriosa como es, le hablará de un poema de Carmen Martín Gaite, Ni aguantar ni escapar: «Ni aguantar ni escapar, / ni el luto ni la fiesta, /ni designio ni azar». Y le dirá que ella no ha sido capaz de cumplirlo, que ha escapado». (Página 152).  

Y el pulso de la vida reta al azar, reniega del designio, huye de la fealdad y lo hermoso, no aguanta ni escapa: vive.

«¿Qué más da que crea que el trabajo, al menos el trabajado asalariado, no debería ser la llave para vivir en sociedad si, a la vez, no puedo dejar de pensar que si soy adulta y no trabajo no existo, no soy? Me preocupa que no haya relación entre lo que se aporta y lo que se recibe, me da miedo que recibir sin dar me haga más débil y me deje sin un lugar de lucha. Sé que otras personas ni siquiera pueden permitirse ese miedo. Y que cuando creo que trabajar querrá decir que me necesitan, en realidad nunca me van a necesitar a mí, sino solo a alguien como yo. El mundo tendría que cambiar de arriba abajo para que toda persona fuese irremplazable, y eso no quiere decir que cada una pueda hacer lo que le dé la gana ni que no deba comprobarse si está haciendo las cosas bien». (Página 178).

Más que una ficción, a veces parece un ensayo. Al salir del instituto, la universidad, tal y como está diseñada hoy día, es un preaviso del ansia por conseguir un trabajo. La pandemia, de la que hablamos en un sentido metafórico pero que tiene nombre y apellidos en los propios engranajes de un mercado y unas políticas que abusan y desmerecen y obvian el cambio —el verdadero sentido que se opera en las pequeñas comunidades, en los vecinos y las excepciones que intentan subsistir—, lastró todo eso. Y nadie, nunca nadie, nos dijo lo que sucedería: cambias vida por trabajo. Descubro la rueda. Qué despropósito. (En mi caso y en tantos otros, adoramos nuestro trabajo. Es cierto. ¿Pero sabes aquella cita perdida por hilos de Bukowski que decía «encuentra lo que amas y deja que te mate»? La asocié a mi profesión y sigo aferrada a ella. Mi oficio ha hecho que cambie mi vida. He decidido a través de él porque constituye gran parte de lo que soy. Salvo que… ¡Fuera, fuera! ¡Fuera de aquí!

Vuelvo al verso de Cernuda: «Creo en la vida, / creo en ti que no conozco aún, / creo en mí mismo; / porque algún día yo seré todas las cosas que amo: / el aire, el agua, las plantas, el adolescente». Ahí es).

Hugo escribe poemas de enamorado. En el móvil va tecleando respiros entrecortados.

Cambias vida por trabajo. Nadie se para a hablar contigo de las renuncias, de los deberes, de las deudas y las ambiciones. Lo sospechas. Lo deseas. Lo anhelas. Es tu fin. Sin eso, como Jara, ¿qué serías? Imagina a aquellas personas que no tienen la suerte de contar con el privilegio de decidir a qué dedicarse, con qué producir, a dónde agarrarse cuando la cuenta quede a cero. El privilegio. No digo nada nuevo, al contrario, escuecen cada una de las palabras que denostan la voluntad de la juventud que critica con razón de ser la parcela del mundo que les ha tocado. ¿Generación de cristal? Sí, hay mucha ceguera móvil. Lo cual no significa que sorprendan esas renuncias silenciosas.

El chispazo de una hora

Desde tu lugar del mundo formarás como vasijas de barro a los habitantes que poblarán las calles. Dime, ¿no sientes una congoja dentro? ¿Una ternura infinita? ¿Una responsabilidad opresiva? No dudes. Pues la pasión está en ti.  

Cuando imaginé este texto era de noche. Mezclé como piezas de un puzle los párrafos, las ocurrencias y las verdades veladas que iban untándolo. Ahora —por hoy— estoy nerviosa, ya que nuestra conversación duró lo que se apagó el cigarro entre tus labios. A veces este es el diario de una periodista cuyo corazón late amasado entre las manos calientes.

Este no es el mejor vídeo para terminar las líneas que te invitan a pasar más horas. Cinco. Quién sabe. Existe el diálogo en este rayo de sol finito.

Aún así, ¿a dónde van nuestros reflejos perdidos en el mar?

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Periodista. "Porque algún día seré todas las cosas que amo".


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