Era martes por la tarde. Los martes por la tarde salgo a pasear por mi ciudad, a ver qué luces y qué olores me trae ese día. Vago absorta por ese antiguo empedrado, doblando esquinas y con un sube-baja de mascarilla. Iba pensando que el bolso me pesa demasiado, que no tengo dinero para comprarme otro más útil y que no me acostumbro a madrugar. Ojalá pronto vuelva Félix a casa: igual este anhelo de calma son ganas de rodear sus costillas con mis brazos y ahogarme de paz entre los negros pelos de su pecho. Anduve un rato como sin darme cuenta y, de pronto, un banco libre, sin palomas amenazantes, así que me senté: al fin. 

Sentada con las rodillas contra el pecho, me puse a hacer scroll mental para ver quién de mis amigas podría tomarse un café conmigo esa tarde de martes. Divago mentalmente cuando pienso en la amistad en general y en mis amigas en particular: vaya tema. Estuve ensimismada, imaginándome a Sally Rooney —mi flechazo literario de este octubre— en soledad, pensando en eso tan abstracto, tan natural, tan revolucionario y tan imprescindible que es la amistad. El sábado anterior, había empezado a leer Dónde estás, mundo bello (2021) y en seguida me dejé embriagar por las largas cartas entre Eileen y Alice. Muchas caras vienen a mi cabeza cuando pienso en escribir misivas de amor sincero y duradero. A veces no sé qué hacer o dónde meter tanto cariño. 

La niñez, la adolescencia y la sensibilidad

Alcé la vista y vi a una niña leyendo un cartel pegado en una farola a pocos metros de mi. Tendría unos siete años, era morena de pelo y de piel y llevaba unas gafas redondas de pasta rosa. Parecía conmovida y se mantenía ojiplática leyendo el cartel. «Pobre gatito y pobre señora» murmuró como para sí misma, con una cierta y prematura resignación ante los horrores de la existencia humana. Llamó al hermano mayor, aunque tampoco mucho, que la acompañaba en su paseo vespertino.

El muchacho se acercó a la farola: tenía el pelo rizado, unos 15 años, las uñas descascarilladas con pintura negra y un pequeño skate turquesa. Leyó el cartel y le dijo que sí, que era una pena, aunque no parecía muy convencido y tampoco demasiado conmovido. Se sentaron en un banco y sacaron la merienda. Yo pensaba en mi querido Félix y su hermana: los cuatros tenían los pelos iguales. 

Eileen y Alice, las protagonistas de la novela de Rooney, cultivaban su relación a distancia con cartas virtuales. Es preciosa la intimidad y la cercanía de abrir un folio en blanco en el ordenador por las noches, y compartir lo vivido con las amigas. Mientras leía la novela, pensaba en los usos que hacemos de las aplicaciones de mensajería instantánea —como dicen los boomers—: una línea muy flaca entre no estar cómodas en la inmediatez y descuidar a quienes se ama. Tengo amigas a las que no veo desde hace años, o a las que veo una vez cada seis meses, otras que viven en mi isla o en la de al lado: y de ninguno de estos factores depende la sensación de presencia. Las amistades son relaciones especiales y preciadas en sí mismas, pero pueden doler, dañar y abandonar.

Vi a los hermanos sentados en el banco de en frente, los vi hacerse fotos mutuamente y mandárselas a alguien por WhatsApp, los vi abrir un bote de zumo y desenvolver unos sandwiches. La pequeña parecía absorta en un mundo lleno de sentido y de humanas sensibles. Balanceaba los pies, que no tocaban el suelo, mientras daba pequeñas mordidas a su merienda.

El mayor estaba expectante ante lo que el mundo podría mostrarle de un momento a otro, parecía nervioso pero a la vez confiado: esa inquietud tan típica de quién, todavía, espera que su vida se convierta en una película de Hollywood. Tenía la mirada distraída de los que creen y esperan, aun, que aquella persona que tanto quiera que lo quiera, lo acabará queriendo. Te querrán, querido, te querrán. Y te querrás, sobre todo.

La amistad y la distancia

Eileen y Alice fueron compañeras de piso durante la Universidad y han sabido preservar su amistad a lo largo del tiempo, de la distancia y de la enfermedad. Últimamente, pienso mucho en mi amiga Laura y en lo mucho que extraño su compañía en las silenciosas tardes de domingo. Uno de los tesoros que tengo atrincherado en las tripas son esas horas, que al final resultaron ser pocas, en las que Laura y yo nos sentábamos en el sillón y pasábamos el finde encadenando novelas.

Gracias a que Laura existe y me la encontré, he tenido el valor de romper con quien me infligió inseguridades y descuido. Hemos crecido y nos hemos acompañado en momentos tristes, nos hemos separado y siempre hemos encontrado la manera de seguir remando abrazadas. Espero que sigamos construyendo y encontrando las maneras de tenernos cerca a través de los océanos.

El adolescente y la niña a los que llevaba un rato observando parecían anhelar algo, tal vez amor: pero se tenían y se acompañaban el uno a la otra, y la otra al uno. Esa niña de 7 años seguramente ya había visto mil películas infantiles que, como si fuese con una broca, le incrustaron en el tuétano que las niñas —más adelante mujeres— solo serán éxitosas si son flacas, guapas, heterosexuales y si un señor se enamora de ellas. Seguramente sus tías le pregunten estas navidades si le gusta algún niño de clase y, aunque no sea así, responderá que sí que se llama Pablo pero que va a otro cole.

El adolescente de 15, de aspecto desgarbado y cabizbajo, seguramente esté recibiendo un bombardeo de información tóxica y corrosiva que le acabe convenciendo de que si no tiene relaciones sexuales pronto y no tiene pareja, no es válido. Ojalá me equivoque, ojalá solo esté proyectando lo que fue mi adolescencia y mi niñez en la imagen que de la suya me compongo.

Los amores, las certezas y los miedos

Eileen y Alice están teniendo citas y un vínculo incipiente con dos muchachos: Félix —qué casualidad— y Simon. Ninguno de estos cuatro personajes tiene muy claro nada sobre las relaciones sexoafectivas, así a grandes rasgos: seguro que ellos también son hijos de la misma adolescencia y niñez que yo —tanto gustas, tanto vales—. Se gustan, un poco, se quieren, un poco, y tienen miedo, mucho. Los cuatro, entre charlas, caricias y afectos, continúan bregando —al menos lo que he leído— juntos y cada día renuevan el contrato de seguir construyendo.

Algo parecido vivo yo, pienso. Comparto madrugadas y querer con una persona con la que nunca esperé hacerlo y que, además, tiene un nombre que desde niña he considerado espantoso. Félix, mi vida: ahora me suena hasta bonita esta manera de despertarlo de la siesta. Lo extraño y también tengo miedo de no estarlo extrañándolo lo suficiente: hoy también renuevo nuestro contrato, seguimos transitando al menos hoy. Las relaciones no valen menos por no durar para toda la vida.

Mis acompañantes involuntarios de esa tarde de martes se levantan del banco y yo, asumo, que mi paseo también ha llegado a su fin. Debo volver a un sinfín de madrugones, de horas de estudio y de letras por escribir. El muchacho recoge un monedero rosa metalizado que la niña se había dejado en el banco. La pequeña también lleva un patinete, así que se amarran bien las playeras, se ajustan las mochilas y se van. Yo suspiro hondo, resignada: debo volver a casa. Antes de emprender mi marcha, paso por delante de la farola con el cartel: un gato negro de pelo largo y ojos amarillos me mira con ternura y firmeza, y yo sonrío triste debajo de la mascarilla.

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Nunca pude elegir entre ciencias y letras: por eso hice las dos. Hubo un tiempo en el que creí cambiar Periodismo por Medicina. Ahora creo que sin las palabras no se cura. Me gusta caminar, leer en la calle y hablar de política. Danzad, danzad o estaréis perdidos.


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