El siglo XVIII fue el periodo centenario que se caracterizó por una explosión del conocimiento, del saber o, mejor dicho, de la razón. A pesar de que en siglos anteriores ya se estudiaba, ya existía una suerte de método científico, es a partir del año 1700 cuando se produce un antes y un después en la rama del conocimiento social. Su crecimiento fue exponencial y, además, la parte teórica se vio reflejada en la práctica, en lo que respecta a las ciencias sociales y a las humanidades.

En este siglo es, también, donde nacen las semillas de nuevas disciplinas, como la sociología o la demografía, que se unen a las ya existentes como la filosofía o a las pertenecientes a la rama de las ciencias naturales. Para intentar dar algunas pinceladas de porqué se produce un crecimiento exponencial de las ciencias sociales, hay que conocer primero qué procesos sociales se estaban viviendo y cuál era la forma de las sociedades.

Se empujaba hacia un cambio político desde varios frentes

Si bien es cierto que no todas se comportaban igual (como sucede hoy en día, no obstante) y que partimos de una visión y una posición etnocentrista, desde Europa, las sociedades protagonistas de las ciencias sociales estaban bajo lo que se denomina el Antiguo Régimen, con las monarquías absolutas como estandarte. Solo la colonia americana de Gran Bretaña estaba en una situación diferente.

Las situaciones en ellas comenzaban a ser insostenibles, pues el «pueblo» comenzaba a no estar conforme con el régimen político o, al menos, se manifestaba de forma más clara y directa. A la misma vez, sectores más pudientes de la sociedad (aquellos que tenían los recursos suficientes para poder dedicarse a otros menesteres más allá de los trabajos manuales) cogieron el testigo que venía ya de algún siglo atrás (como Newton o Galileo Galilei) e introdujeron el análisis social y político, que establecía una distancia frente a las ciencias naturales y que, sin saberlo, ponían la primera piedra para la construcción de las ciencias sociales.

Se colocaba la primera piedra para la disciplina

La incipiente disciplina social tuvo dos grandes corrientes de estudio: aquellas más centradas en la organización política y otra enfocada en la razón humana. Por la primera, encontramos a Rousseau, a Locke y a Voltaire en los teóricos que escribieron sobre el llamado «pacto social» o «contrato social», que lo sitúan como el inicio de la sociedad civilizada y ordenada, una vez abandonado el «estado de naturaleza». El primero de ellos también habló de la «voluntad general» y el segundo fue uno de los pioneros en teorizar en este tema.

A pesar de que Montesquieu también presupone, en ciertas partes de sus escritos, un estado «anterior», «natural y no civil», el autor francés no se centra tanto como sí lo hacen sus coetáneos y avanza por otros derroteros, como la separación de poderes.

Sapere aude

En cuanto a la segunda vertiente, emana Immanuel Kant, uno de los mayores emblemas del Iluminismo y el estandarte mayor de la «razón» que dio nombre al siglo XVIII. Kant, a diferencia de Montesquieu y los autores anteriormente mencionados, se centró en la moral de los individuos, con una suerte de pautas a seguir en su patrón de comportamiento (resumidas en su «imperativo categórico»): una vez los sujetos eran «mayores de edad» y se «emancipaban de sus tutores», era el momento de conocer por ti mismo (el famoso sapere aude, atrévete a saber).

Una de las cuestiones fundamentales del impulso de las ciencias sociales en esta época es que la parte teórica se llevó a la práctica (con mayor o menor éxito o fidelidad a la filosofía del momento), cuyos mayores ejemplos son la Revolución Francesa o la Revolución Americana. En cierto sentido, además, el impulso por el descontento de amplios sectores de la sociedad que se cuestionaban si su modelo político y societario era el más justo o, al menos y de forma menos pretenciosa, el adecuado. Un punto de inflexión que creó un caldo de cultivo perfecto para ambas partes.

Por tanto, el siglo XVIII, llamado de la Ilustración, de la razón o del Iluminismo, se caracterizó por ser el germen de muchas disciplinas de las ciencias sociales que se desarrollaron más adelante, pero también por servir como base de profundas transformaciones en los modelos de Estado y las organizaciones de cada uno de ellos.

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Estudio Ciencias Políticas y Sociología en la UC3M y combino mi pasión por los fenómenos políticos y sociales con la cultura, elementos indisociables de una misma y compleja realidad. Desde pequeño me ha encantado escribir y lo utilizo como manera de evasión y difusión.


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