Como cada año, el equipo directivo de Tripticum se da cita en un mismo espacio textual para tratar de responder a la pregunta que nos viene acompañando desde que fundamos la revista: ¿Qué es un tríptico? A través del interrogante no solo hemos tratado de redimensionar los límites de esta noción artística, sino que la dotamos de un nuevo significado que es siempre particular, subjetivo y novedoso. Lejos de resolver la cuestión, la ampliamos y la complementamos con nuevos matices. En cierto modo, es nuestra forma de celebrar la simbiosis tripartita que permite la existencia de esta ágora digital. El marco del tríptico, en continua expansión, delimita también la dimensión de nuestra capacidad reflexiva, crítica, sensible y creativa. De esta forma, transitamos de la ortodoxia del primer año a la búsqueda exhaustiva del segundo. Esta ocasión es mucho más especial, porque con ella festejamos nuestro tercer aniversario. Todas nuestras visiones, más o menos acertadas, cuentan con algo en común: la autenticidad, el valor esencial del tríptico y la esperanza de que haya una próxima vez.

1. El tríptico menos esperado

Tengo debilidad por los espacios claustrofóbicos que huelen a polvo, bosques en estado de putrefacción y cartón mojado. Siempre los he encontrado muy acogedores. Acababa de visitar la Casa Museo de Lope de Vega y deambulaba por las callejuelas del Barrio de las Letras de Madrid cuando me topé con una de estas librerías de segunda mano. No me pude resistir, claro. En el interior, la librera charlaba con una señora sentada en una silla desvencijada, al otro lado del mostrador. De vez en cuando, reía escandalosamente y el perrito blanco que sostenía con una correa, movía la cola. Ninguno de los tres parecía haber notado mi presencia. O, al menos, no les perturbaba en absoluto. Las mujeres habían respondido cortésmente a mi saludo, pero rápidamente habían retomado el hilo de la conversación. Yo había desaparecido entre los libros, oteando las estanterías. Después de un rato, me acerqué a la caja y pagué un euro por un libro de Joseph Conrad. Me despedí y me dirigí a la salida. Había pasado más tiempo del previsto dentro y, en la calle, el sol se encontraba ya en la mitad del cielo. Y allí estaba, en un carrito con docenas de libros revueltos del que no me había percatado al entrar. Un rayo de sol, lo juro, iluminaba su tapa blanca y sus hojas amarillentas. Yo llevaba años detrás de El misántropo, de Molière, el maestro de la dramaturgia francesa. Pero encontrarme por casualidad con una edición que incluía también el Tartufo y El avaro tenía algo de místico. Volví sobre mis pasos. Pagué otro euro. La señora rio y el perrito movió la cola.

Ricardo Marrero Gil

2. El tríptico encadenado

Justo al poco de que Tripticum empezase a andar, tuve la oportunidad de charlar con la joven cantante Valeria Castro. Palmera de nacimiento, Madrid la había acogido para su carrera universitaria pero también para la musical. Ahora ya tiene su primer EP publicado, chiquita (2021), con 6 canciones propias. Seguir sus pasos me llevó a dar con un grupo de entusiastas cantautoras alrededor de la capital española. Primero, me topé con Ainoa Buitrago, cuya Venecia me dejó totalmente ensimismado (algún año más tarde, todavía sigue siendo mi canción más escuchada de siempre en Spotify). Una pasión desgarradora en cada letra, da igual si es versión acústica o de estudio, a través de algunos sencillos que ha sacado antes de su primer disco, que verá la luz en las próximas semanas. Y Buitrago, madrileña, como una suerte de puente, después de unir Canarias con Madrid, lo hizo con Galicia. Y ahí apareció Yoly Saa, también afincada en los alrededores de la Puerta del Sol, para lanzar su carrera musical en los albores de las salas de la ciudad. La gallega, con unos sonidos que van desde lo innovador hasta lo que siempre está (la guitarra), dio luz a un renovado estilo musical. Sus directos en la Sala El Sol son absolutamente hipnotizantes, y su EP Magma (2020) representa su irrupción que tambalea cualquier cimiento. Todas ellas, este tríptico encadenado, el presente y futuro de nuestro panorama musical.

Mario Yanes

3. El tríptico escrito a boli

Eran muchos los caminos que señalaban que mi vida transitaría la pequeña y fría ciudad de La Laguna. En 2014 empecé mis estudios de periodismo en la Universidad de esta tierra. En 2018 me gradué y conocí a Alexis. En 2019, escribí aquí mi primer texto y descubrí las palabras que surgen de las manos de Ricardo. Enredada en todo este seísmo cultural y personal, me encontré conmigo misma. Esa es mi visión del tríptico: el camino hacia las respuestas y hacia el desentierro de un tesoro, yo misma. Mi identidad. Caminando por este sendero, me he encontrado con letras canarias. Voces que no podía oír entre el bullicio, y que ahora destacan y las localizo entre la multitud. Andrea Abreu, Carmen Laforet y Natalia Sosa. Renglones llenos de dolores compartidos entre sus subjetividades y la mía. Letras que han seguido añadiendo piezas, ladrillos, a mi construcción. Soy una mujer canaria y escribiente. Qué alivio, y qué compañía, leer historias en las que me siento interpelada. Mi tríptico particular lo forman ellas tres: en medio, habitamos miles de muchachas como yo, en una intersección única y compartida. Menos mal que existen las libretas y los bolígrafos para escribir alto y claro: no estamos solas.

Elena Torrent Paz

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