Repite conmigo. Practicar pole dance no nos hace merecer menos respeto que el resto de mujeres. Por utilizar una u otra indumentaria no estamos renunciando a nuestros derechos básicos, esos que tanto tiempo y esfuerzo nos han costado conseguir. Al movernos al ritmo de la música en torno a una barra no pretendemos incitarte a cometer actos impuros. Ya sea como aficionadas o profesionales, tenemos cometidos más importantes en nuestra vida deportiva que focalizar nuestra atención en tu órgano sexual.

Sé que resulta difícil de creer, pero es cierto. No somos estríperes ni vendemos nuestro cuerpo por dinero. Que podríamos serlo, pero es importante entender que no es una relación directamente proporcional. Puedes practicar pole dance y ser estríper, de la misma forma que puedes jugar al ajedrez y ser estríper. Una cosa no quita la otra.

Contra el estigma de la barra

El problema de la sexualización del pole dance nace de la estigmatización y la censura del cuerpo humano, con el ligero matiz que le aporta que este se encuentre al lado de una barra. Obviamente, tampoco ayuda el hecho de que la imagen de la mujer se suela vender como un producto de consumición instantánea por y para el hombre. No es tanto lo que estás viendo sino más bien lo que quieres ver. Si no te resulta sexual observar una coreografía de natación sincronizada o de gimnasia rítmica, tampoco debería parecértelo un combo en una barra. La indumentaria que se utiliza en el pole atiende principalmente a un fin pragmático: no partirnos la cabeza contra el suelo. Cuanta más piel permanezca al descubierto, mejor será la adherencia a la barra.

No se practica pole dance para complacer visualmente a nadie. Basta solo una clase para darte cuenta del dolor y sacrificio que conlleva sostener tu cuerpo en la barra de forma grácil y elegante. Hacer que parezca fácil mientras el dolor de la fricción recorre tu cuerpo es lo difícil de este deporte. Razón de más por la que las personas que lo practicamos apreciamos mucho más los comentarios que resalten la dificultad de un ejercicio, por encima aquellos en los que solo parece importar si la tela de tu pantalón cubre o no la nalga.

Liberar los cuerpos

Por otro lado, lo que parecía ser un deporte monopolizado por la mujer, poco a poco está quebrando para dar paso a una mayor participación masculina, rompiendo una vez más con la tradición de los roles de género. Aunque por supuesto, y como en todas las grandes luchas sociales, aún queda mucho camino que recorrer.

Albergo la esperanza de que algún día mi cuerpo sea solo eso. Mío. Mío para hacer lo que me plazca con él, sin que eso determine el respeto que merezco o dejo de merecer. Me niego a pensar que nuestra simpleza no nos deje ver más allá. Es triste que siga siendo necesario recordar todo esto, pero afrontémoslo, lo es. Hagamos uso de esa capacidad de raciocinio de la que tanto nos gusta alardear y demostremos que, por una vez, la estupidez humana sí tiene un límite.

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Estudiante de Traducción e Interpretación en la ULPGC. Activista por los derechos de los animales. El respeto a todos los seres sintientes es el único camino. “El mayor enemigo de la verdad es el respeto irreflexivo a la autoridad”, decía Albert Einstein.

Un comentario en «‘Pole dance’: feminismo desde la barra»

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