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Suzanne Collins y los engranajes del poder

Los Juegos del Hambre

La última entrega de 'Los Juegos del Hambre' narra los orígenes del presidente Snow. Foto: Francis Lawrence

Comienzo estas líneas entonando el mea culpa, porque solo desde la humildad se puede aspirar a la excelencia. Lo reconozco, a los 14 años aún no era capaz de descubrir todos los matices escondidos entre las páginas de los best seller de Suzanne Collins (Los Juegos del Hambre), ni de analizar con sentido crítico los profundos debates antropológicos que se derivaban de estos. Aun así, había algo que me atrapaba y que me seducía del estilo empleado por la autora para describir los escenarios de un mundo postapocalíptico y las relaciones que iban estableciéndose entre los distintos personajes.

La trilogía distópica parecía haberse cerrado en 2010 con la publicación de Sinsajo, pero nada más lejos de la realidad. En pleno auge de los populismos de ultraderecha, Collins decidió que quería continuar la historia, pero no con una secuela. Una precuela sería la manera más efectiva de realizar una introspección literaria en la figura del presidente Snow, el más célebre villano de todo Panem.

Deconstruyendo a un tirano

Coriolanus Snow —Coryo para la familia y los amigos— es esta vez el protagonista de una novela que se remonta a la celebración de la décima edición de los Juegos del Hambre, es decir, 60 años antes de los eventos narrados en la historia original. En ella se nos hace un retrato milimétrico del joven Snow, cuya mayor aspiración es graduarse en la Academia y poder acceder a la universidad. Sin embargo, ya empiezan a esbozarse los rasgos que configurarán la personalidad del futuro tirano: carisma, orgullo desmedido, ambición, sentido del honor y del deber y una convulsa lealtad para con el Capitolio.

No importa que el propio Snow sea un ciudadano caído en desgracia tras la guerra con los distritos. No importa que en realidad no sea más que un pobre huérfano; lo único que importa es su lucha por mantener las apariencias y por preservar el noble apellido familiar cueste lo que cueste. Sangre, sudor, veneno y rosas mediante. «El fin justifica los medios», que diría Maquiavelo.

No obstante, Snow no fue siempre el tiránico gobernante al que Katniss Everdeen se atrevió a desafiar no una, sino varias veces. En Balada de pájaros cantores y serpientes conseguimos llegar a comprender la aversión que Coriolanus siente por la heroína del Distrito 12 gracias al relato de su relación con Lucy Baird Gray, la tributo rebelde que sacudió los cimientos emocionales de un líder en potencia y que le hizo probar el amargo sabor de la traición.

Mitología, política y filosofía…

Su labor como mentor en una edición que consolida los Juegos como un reality show donde el público forma parte indisociable del espectáculo marcará un antes y un después en su vida. Gracias a ella aprenderá la importancia de «las 3 ces» —caos, control y compromiso— que integran esa lección sobre la naturaleza humana que el Capitolio busca grabar a fuego en los habitantes de Panem.

Que Los Juegos del Hambre incluyen numerosas referencias a la mitología grecolatina no es una novedad —recordemos que los tributos de Collins son una reinterpretación de aquellos 14 atenienses que debían enfrentarse al Minotauro—, aunque en la precuela esta manía se ve acentuada, empezando por los nombres de los personajes: Coriolanus, Lysistrata, Persephone, Marcus, Sejanus, etc.

…una sinergia perfecta

Pero lo que no falla en esta obra de ficción es, una vez más, el binomio político-filosófico, con tesis que no cojean y que jamás pasarán de moda. En la arena se libra una metafórica batalla entre los postulados de Locke y Hobbes: ante las injusticias de un gobierno despótico el pueblo tiene derecho a retirarle el poder y restablecer la igualdad, pero es dentro de ese mismo pueblo donde el hombre se convierte en un lobo para el hombre. Snow repite en numerosas ocasiones —quién sabe si para él mismo o para el lector— la máxima de que “nuestra naturaleza fundamental es la violencia”, una violencia que se manifiesta mediante la sublevación y que si no es controlada de una u otra forma terminará por extenderse como una plaga.

Y como cada protagonista se rige por ciertos valores filosóficos, Lucy Gray se identifica con Rousseau: “Los seres humanos poseemos una bondad natural. Lo comprendes cuando cruzas la línea que te separa del mal, porque, a partir de ahí, el mayor reto de tu vida es intentar quedarte en el lado correcto y no volver a cruzarla”. Suzanne Collins configura así —no sin cierta complejidad— los engranajes de una particular erótica del poder que sirve para vertebrar una de las sagas más influyentes de la actual literatura juvenil.

Si no buscas la fama, el poder o la fortuna, entonces, ¿qué te queda?

coriolanus snow

Amor por los giros argumentales

Los personajes de Suzanne Collins nunca han sido planos, así que tampoco iban a serlo ahora. El proceso de toma de decisiones en el que se ven inmersos es decisivo en cada escena.  En una historia con numerosos giros argumentales que va desde el Día de la Cosecha hasta meses después de la clausura de los 10º Juegos del Hambre, seguimos tan de cerca la evolución de Coryo y sus compañeros que la empatía acaba por tornarse en angustia. Pero esta perspectiva cuasi psicológica funciona, porque rompe a machetazos la barrera de la indiferencia. El desenlace de la novela, aunque un tanto desconcertante por su carácter abierto, tampoco defrauda. La autora deja espacio suficiente para la reflexión, para que el mensaje cale y se asiente. Porque los Snow siempre caen de pie, o así era, tal vez, hasta que Katniss Everdeen se cruzó en su camino.

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