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La patria de…

¿Volamos o nos quedamos? Foto: Tripticum

Crujen los muebles de madera, los portones se abren al viento, al anochecer caen naranjas que ruedan cuesta abajo sin gloria ni freno, surgen los ruidos, las meditaciones, la húmeda voz del silencio. Aquí vivió mi abuela, mi madre y hoy caliento las sábanas que pesan livianas sobre el tiempo. La tierra me está engullendo a dentelladas, asilvestrada aún, y me pone a prueba en este claustro. ¿A qué sabe la hierbabuena que crece en el plato de una maceta? ¿Cómo eran tus pisadas, Siona, al despertar bajo las rendijas del techo? ¿A qué olerían las manos de mi abuelo después de recoger las papas y atar a la mula?

Esta casa es mía por derecho, y todavía no me conoce. Al darme la vuelta se esconde. Me ignora. Diseña un teatro de sombras para atormentarme. No me quiere, aún. Está esforzándose por que salga meditabunda y hastiada de sus manías. Nos enfrentamos dos cachorras de la misma necedad, bien nos viniera recordar que por ambas fluye la misma savia y que nuestras raíces se hunden en un aljibe lleno de romero. Digo, si este es mi hogar por siglos, qué nos diría la geografía con ojos bravos y curiosos si le escupiéramos que es nuestra y que aquí gloria y luego olvido.

Reírse. Se tragaría nuestra lengua y nos la haría buscarla, tendida y burlona, entre sus pliegues hasta que encontráramos las palabras y enunciáramos con claridad los recovecos que la inundan. ¿Qué madre lo es si no se esmera por trenzar la relación de afecto con su progenie? ¿Y padre? ¿Y patria? Las ataduras jurídicas no son más que un contrato fiduciario por mantener un orden social, pero tal vez nunca me sienta parte de aquí, ni de allá.

Me abruzo a tu cintura

Hablábamos de patria hace unos días. Inquieta, salió la jauría a enarbolar banderas y a lanzar proclamas sobre qué era sentirse parte de un ecosistema variopinto. Pelucas, argollas, mallas y acentos, valores, sentires, manías y ecos de pesadillas. Toc. Toc. La silla no está bien colocada. Así. Asao. Déjame a mí que tú no sabes. Despistado. Tolete. Pardiez. Bobomierda. Culocagao. Trampantojo. Esperpento.

¡CORONAVIRUS, TÚ!

Para frenar tal ímpetu se recomienda un estornudo en plena cara para la bobería.

Patria es un vocablo latino derivado del griego patra, lugar de nacimiento y relacionado con pater, padre. El artículo de Luis María Bandeieri profundiza en el término y subraya el vínculo que posee con el concepto de tierra como matria. Ella, dadora y recibidora de vida, da los dos espacios fundamentales a patria: el paterno y el materno. Además, aunque el individuo no pueda renegar de la impronta del lugar en el que nace, el autor incide en su plano físico a través de topía, un sitio en el que estar, puesto que u-topía, aún pudiendo encriptarla de recuerdos, es inexistente.

El sistema sanitario, la calidad e innovación educativa, la lista de dependencia, el trabajo de las cuidadoras y empleadas de hogar, la asistencia económica como el Ingreso Mínimo Vital, la atención a las víctimas de violencia machista, la apertura de los centros ocupacionales, los parques y jardines, son esas topías. Reales. Tangibles. Ahora, todo es patria. ¿Por qué permitimos que lo dejaran de ser?

No soy de aquí, ni soy de allá

Los miles de muertos que se ha llevado esta crisis descansan en paz mientras los aullidos que se transmiten por las ondas aturullan el oído. Es un quiste. Un tumor de rabia contenida que salta cuando alguien dice que esta es su patria para defenderla de aquellos que, parece ser, no la protegen ni pertenecen a ella.

Cristina Morales fue crucificada por aquel tuit de un llamado hidalgo Albert Rivera que escribía, descontrolado y sin el uso parental, que quemara el cheque del Premio Nacional de Narrativa 2019 por haber dicho que prefería ver arder el centro de Barcelona a encontrarla vacía con el soniquete de los turistas. Fernando Trueba fue objetivo de una campaña de descrédito cuando pronunció nunca me he sentido español al apostillar que creía en la destrucción de fronteras cuando recibió el Premio Nacional de Cinematografía en 2015.

Pero nadie renuncia a los alimentos de su mesa sabiendo que son recogidos por las personas temporeras que viven en las chabolas de esta tierra mía que, nunca jamás, quiso saber de ellas. Los ojos se hinchan y ciegan cuando hablamos de Verónica. Dos mil quinientas pupilas no sueñan. No hay culpables. Ni siquiera si apretamos el pecho contra el suelo y asfixiamos con la rótula una pompa de aire llamada Iliass Tahiri. 13 minutos.

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—¿Me prestas un pañuelo?

Cantaba Nivaria Tejera en el patio del colegio, en La Laguna llena de frío, cara al sol con la camisa nueva mientras la hoja de papel rasgado que la vestía temblaba de pobreza. Su padre, encarcelado por el golpe de estado, veía la negrura del encierro desde El Barranco. Pues entonces, ¿a quién pertenece la patria? ¿A quienes visten la camisa nueva o la remiendan hasta que queda un hilo de baba?

Definiciones enredadas

Cirenia responde que la patria es un sitio donde te sientas en casa y al que ames.

Vicky recita que es todo lo que me hace ser lo que soy.

Ariadna aventura que esta son la gente que ha conocida en La Laguna y los lazos que ha ido creando a medida que iba creciendo como una flor.

Adriana aspira, para ella, es el olor a mar, ver verde, como los montes de La Palma.

Julio añade que es un gran obstáculo para alcanzar la solidaridad internacional.

Marcos entiende que la patria es un vínculo territorial y emocional que te representa, en la cual, sin necesidad de cercanía genética, piensas en ella y te sientes acogido, como en casa. Es la familia, tus vecinos y tu país, apunta.

Samuel es sencillo y rápido, la cocina. Entre fogones y con una pizca de sal, esa es.

Y Alberto me canta, tan al oído que me da un escalofrío, que son tantas cosas buenas…

El Cine+Food proyectó la película cubana Fresa y Chocolate (Tabío, 1993). Foto: C.R.

El exilio. La renuncia. El olvido. Ata y vuelca el corazón si somos retenidos o alejados de ella y, también, si de repente encontramos ese espacio en el que hemos logrado ser y que nunca hubiéramos imaginado alcanzar.

Es un acuerdo social en el que la constitución se erige como la máxima institución. Y a veces se repliega tanto y se hace tan chica, tan chica, que decide convertirse en una tarde de verano con cine al aire libre y un helado de chocolate y fresa en cada mano. O en una redacción atestada de palabras. En una cama deshecha y con añoranza. En un zumo servido dentro de un vaso de cristal que es dado.

Es repensar una democracia de cuidados.

Decía mi abuelo que no había peor guerra que la que sucede entre hermanos. Ahora descansa en las fotografías de esta casa, me mira con ternura. Yo le cedo el sitio en el banco blanco a ella para que desayune el tazón con gofio. Con los días, bajo el cielo estival, volverá a ser mi hogar.

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