Especial feminismo, Forma

Sobre la danza, el cuerpo y el alma

La danza aúna cuerpo, alma y lenguaje. Ilustración: Sara Sosa

La danza aúna cuerpo, alma y lenguaje. Ilustración: Sara Sosa

El alma habita el cuerpo y el cuerpo moldea el alma. Las células, que nos dan forma y vida, condicionan nuestra presencia ante todo lo que existe —como la tierra y los otros cuerpos—. A través de cada músculo, de cada poro, de cada átomo, somos capaces de articular las palabras que nos conectan y de movernos a lo ancho del mundo. El hecho fisiológico de latir posee una belleza incalculable. Berta García Faet supo ponerlo en palabras: «aprovecho para decir que no entiendo cómo tu bellísimo esternón / no puede parecerte una maravilla de la naturaleza / imperdonable / dado todo el dolor dado todo el horror/ que hay en este mundo». 

De cómo somos hijas de la danza

Hace ya un tiempo, cuando era pequeña, lo único que quería hacer —y, de hecho, lo único que hacía— era bailar. Entendí rápido que estaba formada por huesos y músculos, y que con tesón podía llegar a moverlos en armonía. En el vestuario de mi primera academia de danza, había varios carteles que, con unas mayúsculas bien claras, citaban a Martha Graham —destacada bailarina y coreógrafa de danza contemporánea—: «la danza es el lenguaje secreto del alma». Yo no lo sabía, pero mi identidad y la mujer en la que luego me convertí iba a estar siempre condicionada por esas tres palabras: danza, alma y lenguaje. 

En mi segunda escuela de danza, me empapé todo lo que pude de los sempiternos conocimientos de María Eulate: una mujer que me comprendía y que me hizo ver que «la danza es para todos los cuerpos» (María, si por algún grand jeté del universo llegas a estas palabras: gracias, me salvaste la vida y la danza). Crecí en un ambiente que me hizo desear un cuerpo distinto: más elástico, más fuerte, más delgado, más kilométrico. Con el ballet entendí que mis piernas me permitían saltos infinitos y que eso era motivo más que suficiente para estar enamorada de ellas. Ser mujer y amar tu cuerpo es un privilegio —y una pequeña revolución— que me otorgó la danza clásica.

Un lenguaje secreto

Veía en un espejo enorme que todos mis músculos estaban en su sitio y que respondían bien, y creando belleza, a los estímulos musicales. Miraba con detenimiento y admiración a mis compañeras: me sobrecogía —y aún lo hace—  el azar y la infinidad de posibles cuerpos humanos. Me sobrecoge, también, saber que podemos construir un mundo en el que quepa toda esa diversidad —y que, además, lo estamos construyendo—. Pensamos en cuerpos de mujer y aparecen en nuestra imaginación unas formas concretas: lo cierto es que hay tantos cuerpos de mujer como mujeres han existido, existen y existirán. Mujer, cual sea tu genitalidad, eres el sujeto político del feminismo

Al cabo de unos años, descubrí que tenía mucho que comunicar: que tenía una voz firme y que, además, podía usarla. Todos los cuerpos están continuamente expresando sentires y contándonos sus historias: todos los cuerpos tienen voz —y, además, la usan—. El arte es el reflejo de nuestras voces y de nuestros gritos. Lorena Fioretti escribió que «alzar la voz, salir del murmullo, requiere de un cuerpo que sostenga la hazaña». La danza nos refuerza y ampara ese acto de valentía pero, además, quienes hemos bailado sabemos que nuestra identidad como mujeres se construyó gracias y entorno a la danza. Bailando escuchamos las voces de todas, lo que tiene que decir de su cuerpo ese lenguaje secreto. Cuerpos con muchos años y con muy pocos, cuerpos pequeños y cuerpos grandes, cuerpos más o menos sanos: todos vibran y se emocionan por igual sobre una melodía. 

Perfecto mecanismo

La danza nos envuelve, nos acuna y nos alienta. La danza nos construye. La danza es también grito; es la voz que nace de los intestinos y nos recorre milimétricamente. Nos afianza los pies a la tierra y eleva las rodillas a la relevante categoría que siempre merecieron. La danza coloca nuestras escápulas y embellece nuestras clavículas. Abraza los hombros con firmeza y, gracias a la más bella sinapsis, llega a nuestros dedos un impulso eléctrico que, falange por falange, nos da a conocer la amplitud de nuestras manos. Las emociones nos desbordan por las yemas de los dedos, y con un alarido inaudible, acarician las mejillas de quien nos mira. 

La danza invade y oxigena nuestros pulmones con ternura y, por si fuera poca belleza, poca magia o poca vida, la danza llega al corazón y se acomoda en alguna aurícula o en algún ventrículo y allí, en los albores de un latido, la danza lo encaja todo: cuerpo, alma y lenguaje. 

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