Es nuestra isla. Es una isla estupenda. Podemos divertirnos muchísimo hasta que los mayores vengan por nosotros.

‘El señor de las moscas’ (William Golding)

Ya no quedaba ningún niño en la isla. Habían ido desapareciendo uno a uno. Todo empezó como siempre, sin señales premonitorias ni grandes aspavientos. Una denuncia por aquí, una patrulla de búsqueda por allá. Pero más bien con discreción, para no alertar a las gentes. Luego, cada dos o tres semanas, una madre desconsolada aparecía llorando en televisión. 

Nadie prestó mucha atención al principio. Tampoco era tan raro que un crío o dos se extraviasen en verano. Los muchachos de la costa, acostumbrados a saltar por los charcos de burgaos, no le tenían miedo a la mar y estaban en edad de exhibirse. Muchos nadaban más allá de la escollera, donde las corrientes hacían de las suyas y se los tragaba el océano. Nadie volvía a verlos. No quedaba de ellos más que un tubo, una palita abandonada en la orilla o un flotador. A veces no dejaban atrás sino una pelota que rodaba por encima de las olas y terminaba abandonada sobre los callaos.

No fue hasta meses después que empezaron a sonar las alarmas. Los niños de las chabolas del litoral no le importaban a nadie. En la escuela eran despreciados y apartados: tenían la piel tostada y los labios rajados por el sol. Pero los niños de la parte alta eran distintos. Ellos se peinaban con gomina y llevaban el suéter sobre los hombros aunque hiciera calor. Algunos hacían de monaguillos los domingos y en la fiestita de la espuma llevaban sus propias pistolas de aguas. Eran armatostes gigantes, con el gatillo naranja, igualitos a los que salían en las propagandas de Disney Channel. El primer niño rico que se perdió lo hizo precisamente entre la espuma del jabón. 

La plaza mayor olía a Fairy de marca blanca y las baldosas grisáceas estaban resbaladizas. La masa de espuma empezaba a ponerse marrón por los bordes y había empezado a crearse una especie de fango negro por el alquitrán de la carretera. Durante un minuto entero, lo único que se oyó en el pueblo fue el grito agudo de una mujer. La jauría de perros cesó su eterno sollozo, la algarabía de los niños enmudeció de pronto y hasta el alisio contuvo su propio aliento. Por más que buscaron entre las burbujas, el niño no apareció. Era el sobrino del alcalde. 

La primera teoría que se barajó fue la del rapto. Todo el mundo en la isla comenzó a sospechar de su vecino. Incluso encerraron en el calabozo a un alemán que vieron con una furgoneta blanca rondando las cercanías del colegio. Resulta que llevaba 20 años en la isla, pero no hablaba ni papa de español. Pero no. Era un guiri como otro cualquiera. De esos que vienen de vacaciones y se crean un plan de jubilación cuando descubren lo barato que es vivir a costa de los pobres en un lugar bonito con un clima amigable. Llegaron a acusar hasta al padre Josué. Y puede que sí fuera cierto que le gustaran más de la cuenta los niños, pero la investigación policial no reveló ningún indicio de secuestro. Por si acaso, la archidiócesis lo envió a unas misiones en el Sáhara occidental y mantuvo la iglesia cerrada durante meses. Cada par de domingos mandaban a un cura de la isla vecina a echar un responso por todos los niños que no harían la primera comunión. 

Fue por esa época cuando el fenómeno se extendió a los nonatos. Las embarazadas en sus primeras semanas simplemente acudían al ginecólogo con el vientre plano y el rostro desencajado: no había atisbo de vida en su interior. A las que ya se les notaba el botón del ombligo, en cambio, sufrían una especie de aborto espontáneo, solo que entre la sangre jamás quedaba rastro del feto. Hubo un caso, solo uno, de una mujer de la isla que logró dar a luz. A los ocho días se asomó a la cuna para arrullar a su hijo. Esa misma noche, su marido la encontró acunando la nada.

Las teorías dieron paso a las conspiraciones. Se creyó que el fenómeno se trataba de una epidemia que solo afectaba a los menores de cierta edad. También se habló de abducciones extraterrestres, de maldiciones divinas, de ritos vudús. Incluso tuvo que salir la curandera de la isla a decir que llevaba cuarenta años leyendo las cartas como quien juega al burro o al envite antes de que le pegaran fuego a la casa. La explicación que más se sostuvo en el tiempo fue que los muchachos fueron azotados por una fiebre escapista, que se habían montado una especie de tribu o de secta y que vivían en un islote cercano que estaba desierto. Hasta se especulaba que los mayores se encargaban de llevarse a los más pequeños, porque los niños siempre desaparecían cuando se quedaban solos, cuando quedaban a la vista de nadie. Se organizaron grupos de vigilancia, pero la desconfianza era tal que ni siquiera en el interior de cada familia sentían que el niño estaba a buen recaudo. Al final, pese a los esfuerzos colectivos, la criatura en cuestión siempre terminaba por desvanecerse en circunstancias cada vez más misteriosas. 

Pese a todo, las autoridades locales llamaron a la población a mantener la calma. Casi un mes y medio después de que el primer niño se esfumara sin dejar rastro, los altos mandos de la nación aparecieron en la isla para transmitir sus condolencias a las familias afectadas, que sumaban ya poco más de un cuarto de la población. Se reunieron con el alcalde en una vista privada, pero lo único que se sacó en claro de aquel encuentro fue erigir un monumento en honor a las víctimas y sus allegados y renombrar la plaza como Ángel Cisneros, el sobrino del alcalde. Sin embargo, por razones que no alcanzo a comprender, aquella visita diplomática apaciguó los ánimos durante cierto tiempo. La gente, por primera vez, tenía esperanzas. Nadie conocía bien los detalles de la estrategia del Gobierno central, pero estaban convencidos de que existía un plan y de que este sería totalmente efectivo una vez implantado. Incluso al mismo alcalde se le notaba el ceño mucho más despejado en sus multitudinarias ruedas de prensa. Siempre versaban de lo mismo: la ayuda está en camino, encontraremos una solución, hay que mantener la moral alta, no se perderán más niños. Y luego procedía a leer los apellidos que se sumaban a la larga lista de ausentes. 

Aquel frágil equilibrio se resquebrajó cuando un grupo de padres, desesperados por reencontrarse con sus hijos, organizó un escrache gigantesco frente al ayuntamiento que terminó con el alcalde Cisneros en el hospital, con un ojo morado y dos costillas rotas. La isla se empapeló con los rostros de los desaparecidos. Recuerdo, frente a mi casa, la cara de una niña de unos dos años. La foto estaba impresa en blanco y negro, pero aun así se le reconocía fácilmente la tez pálida y una delgada cabellera rubia. Lo más trágico de todo era el gesto de la niñita, como si supiera el propósito de aquella foto, como si conociera el destino al que se atenían ella y los otros. Y la chupa. Ver la chupa en su boca, sin color, sin infancia, me estremecía el cuerpo. 

En la escuela, cuando llegó septiembre eran tan pocos los niños que despidieron a toda la plantilla y la jefa de estudios se puso a dar clases a los que quedaban en una misma aula. Más de la mitad se habían volatilizado y el resto eran hijos de caciques o de godos emigrados que regresaron en estampida al continente en cuanto comprobaron que la oleada de desapariciones no solo no distinguía entre clase, credo, sexo o color de piel, sino que no se detendría en absoluto. No hasta el final. A la isla llegaron rumores de que la huida desesperada tampoco funcionaba como remedio. Se hablaba de un chaval de unos diez años al que habían mandado a estudiar con unos parientes gallegos y que había desaparecido poco tiempo después. Cuando llegaron noticias del continente, se supo que habían encontrado al niño en el fondo de un pozo, con una brecha en la frente, los dedos azules y los ojos abiertos. 

El último niño desapareció de la isla cuando quedaban apenas unas horas para su decimosegundo cumpleaños. Cuando amaneció, el cielo estaba sembrado de unas nubes espesas y rojas. El aire soplaba con las brasas del verano todavía a nuestra espalda y los hervideros rompían contra los riscos con fiereza, llenándolo todo de un ruido ensordecedor. La campana de la iglesia lloró la evanescencia de otra infancia inútil. El monumento en memoria de los caídos primero ardió y luego sus restos fueron reducidos a menos que escombros. La escuela se precintó hasta que, al cabo de los años, la convirtieron en un geriátrico. Aunque los exámenes de fertilidad siempre dieron resultados positivos, hasta hoy no ha vuelto a nacer ningún niño en la isla. A los exiliados se les permitió regresar cuando cumplieran la mayoría de edad, pero muy pocos llegaron a hacerlo. Muchos habían olvidado la isla y otros tantos se sentían parte de una generación perdida. Los extranjeros rezagados abandonaron la que consideraban una tierra maldita y la isla se cerró sobre sí misma, inventando un nuevo orden de normalidad, con rituales, costumbres y tabúes que parecían haber regido allí toda la vida.

Ahora ya nadie echa en falta a los niños. Los isleños se han acostumbrado a vivir sin ellos. Hace unas semanas, cuando planificaba mi retorno a la isla, compartía mis dudas con algunos compañeros de esta revista. No sabía si sería capaz de escribir sobre esto. Después de tantos meses fuera, me daba un miedo terrible regresar. Volver aquí es como revivir mi infancia. Todavía guardo en el fondo de mi memoria las primeras portadas de los periódicos denunciando las desapariciones en masa. Mis amigos y yo, en el albor de la adolescencia, conocíamos muy bien el sabor de los veranos. Aún podíamos sentir el dulzor de los higos picos chorreando por nuestro cuello y deslizándose hasta nuestro bañador, que, de noche o de día, permanecía mojado. Y siempre nos pesaba el remordimiento de que también nosotros podíamos haber sido borrados de no ser por aquella vez que rechazamos un juego o por un beso furtivo o por una mala contestación o por el contrabando de cigarrillos y de revistas guarras. De no ser, en fin, por un puñado de vellos que empezaban a asomarnos de la ropa interior. Creo que tenía tanto miedo de regresar a casa porque esta es la isla donde una vez fui pequeño y todo lo demás era grande. No quería volver a la tierra que me conoció desnudo, salvaje, iletrado y arisco. No quería volver y ver los columpios donde jugaba de niño vacíos, tan solo mecidos por el viento. 

*Los hechos que se narran en este texto son ficticios. Casi todos.

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El periodismo me queda de paso. Escribo. Arte, misantropía y revolución. Excelsior.


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