Tengo esta pregunta clavada en los centros: ¿cómo enarbolar un breve artículo sobre una poeta del calibre de Marina Tsvetáyeva y, al tiempo, eliminarme a mí mismo, sustraerme del texto, esconderme tras una voz que finge desapasionamiento en pos de la divulgación periodística? Si leyendo sus poemas Tsvetáyeva me atraviesa y me crucifica y me saca las entrañas y me expone a un dolor que me nombra y me significa, ¿cómo mirar desde fuera su obra y segar de mí las semillas que me siembra?

Lejos de resolver la incógnita, reafirmo la voluntad de establecer un diálogo directo entre la polifonía de yoes que nos conectan, más allá del tiempo y el espacio, con la vida y la obra de la escritora rusa. Porque la obra de Marina Tsvetáyeva es una poesía impúdica, en el que la metáfora tiene reservado un papel prominente en el proceso de revelar el mundo interior de la autora. En sus poemas, asimismo, la figura del otro, manifestada principalmente por medio del apóstrofe, adquiere una elevada relevancia, ya que se pone al servicio de la formación de la identidad propia. Como último elemento destacable, podríamos citar algunos de los matices de la voz poética de esta literata, como son la contradicción, el anhelo y el vacío, en estrecha relación con su trágica trayectoria vital.

La metáfora en Marina Tsvetáyeva

En la oscuridad del mundo, la metáfora es luz. Un faro que arroja su calor en direcciones múltiples y que nos guía hacia ninguna parte, hacia la otra orilla, la del otro tiempo, la de detrás de las cosas, más allá de los bordes y de los cuerpos. Es eso la metáfora: un caleidoscopio a través del que mirar la vida, los seres y los objetos que la habitan. Es un espacio en el que dos elementos se intercambian y entonces, en esa distorsión formal entre el dicho y el hecho, todo cobra sentido. Mediante el trueque lingüístico que introduce esta figura retórica, la referencialidad del habla deja de importarnos y somos capaces de entrever su horizonte, allí donde el ser y el no-ser se tocan con los ojos cerrados y las bocas abiertas, como dos peces que boquean fuera del agua. La metáfora no dice, sino evoca. Por eso, tratar de desvelarla es siempre un sacrilegio. No. La metáfora es de naturaleza indómita y lúdica, su potencial esclarecedor se asienta sobre las bases de lo inescrutable. Y hay que entender eso para acercarnos a cualquier texto de Marina Tsvetáyeva (1904 – 1941). 

«Cada palabra dice lo que dice y además más y otra cosa», escribe la argentina Alejandra Pizarnik. Las capas de significado nos conducen siempre cerca del abismo y no debemos confiarnos al salir del laberinto de la interpretación, sino disfrutar de sus enigmas, dejar que nos invadan y nos eleven. Hay algo de ascético en la poesía de Tsvetáyeva. Como en los mejores versos de Sor Juana Inés de la Cruz o Santa Teresa de Jesús. Su pena y su fe, la paradoja por la que se lamenta, es siempre nuestro mayor consuelo. El mundo es zafio y complejo y las palabras nos ayudan a entenderlo, a desentrañarlo, a quererlo. Por eso, la metáfora de Tsvetáyeva no manipula la realidad, sino que indaga bajo ella para ir tras los resquicios de verdad que quedan esparcidos en su tiempo y en su viaje. 

Su belleza lírica se fundamenta sobre esta búsqueda inacabable, donde lo importante jamás es el destino y el lenguaje se vuelve de barro y nos permite construir espacios que subvierten lo que somos y quiénes somos. Y ese es, en última instancia, el gran cometido de la metáfora en Tsvetáyeva: poner el mundo del yo a escrutinio público. Su poesía es intimista y desvergonzada, de manierismos trágicos y una fatalidad que vertebra su obra al completo.  

La verdad íntima a la luz de la metáfora

Si sus diarios nos cuentan los sucesos que marcan su historia personal, su poesía nos conduce aún más adentro. En «Abiertas las venas: imparable», escribe: «Irreversible, imparable, / irrecuperable, el verso brota». Su poema es una extensión de sí misma, de su propia carne, de su dolor, de su tormento y de su más profundo desasosiego. Como insinúa en otra de sus composiciones, el poeta llega con la palabra y se va con ella, su existencia está ligada al verbo y a las posibilidades que despliega. Jugando con la plasticidad del lenguaje, esta escritora firma textos de una belleza apabullante, donde las imágenes no tienen límite y se extienden como puentes hacia la psique de la persona que hay detrás de la poeta. Las pulsiones del eros y el thanatos se reconcilian, su tendencia enamoradiza rara vez se consume y en ese estado de platonismo se pertrechan los motivos, los temas y los símbolos que caracterizan a la rusa.

«Quizás la mejor victoria sea» y «Poema de la montaña» son solo dos exponentes de este desbordamiento lírico que rebasa los topes de la poesía conservadora y que nos permiten no ya entrever, sino observar con plena lucidez —a la lumbre de la metáfora— en qué medida el sujeto se escribe a sí mismo una vez se despoja de los convencionalismos de la referencialidad. En otras palabras, la imagen poética de Tsvetáyeva siembra significado prescindiendo de todo significante. 

Esto explica por qué Tsvetáyeva sigue suscitando interés a través de las generaciones. En cada lectura y relectura, comprendemos mejor las motivaciones, querencias y contradicciones de su autora. Y, al mismo tiempo, nos entendemos mejor a nosotros mismos.

La supervivencia de Marina Tsvetáyeva

Pese a su prematura muerte por suicidio con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, el legado de Marina Tsvetáyeva se compone de una vasta obra en la que prosa y lírica se dan la mano con un talento fuera de lo común. Más que por un asunto de versatilidad, la confluencia de géneros se explica por la mirada sensible, arrebatadora incluso, de una poeta que no duda en reivindicar su propia voz. A pesar de las dificultades de su contexto histórico, Tsvetáyeva fue capaz de volcar en su obra una profunda intelectualidad que no rivaliza ni con su fe ni con su ímpetu emocional. Por eso, en poemas con una pesada carga trágica como «Nostalgia del país natal», atisbamos rayos de esperanza: «Todo me da igual, todo me es ajeno. / Templo o casa: extraño, vacío. / Pero si al borde del camino / viera alzarse un arbusto y fuera un serbal…».

Sus versos nos permiten adentrarnos en un período convulso para Rusia y el resto de Europa, pero también ponernos en la piel de los desposeídos, de los apátridas, de los que lo han perdido todo y solo tienen un lápiz y un papel para llenar la ausencia. El estilo exacerbado, el juego de espejos y los ecos de una voz desgarrada hacen de esta una de las literatas más aclamadas del siglo XX. Mujer y poeta son una sola. Y su nombre resuena a través de la historia. Marina. Marina Tsvetáyeva. 

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El periodismo me queda de paso. Escribo. Arte, misantropía y revolución. Excelsior.


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