La revelación del sufrimiento cósmico, tal y como le sucedió a Schopenhauer o a Buda, conduce al iluminado o al despierto a tomar una importante decisión: elegir el arte, el ascetismo o el heroísmo. Uno no queda indemne tras esta desbaratadora visión que es germen de tantas vocaciones artísticas, religiosas o políticas y que nos arranca de cuajo de la primaveral infancia e inconsciencia en que nos hallábamos sumidos antes de vivir en carne propia una experiencia límite. Por ejemplo, Nietzsche optó por la trágica afirmación de la vía heroica, Jesús de Nazaret por la metáfora y la santidad, el emperador Adriano por la estrategia política y la contemplación, Francisco de Goya por el arte.

«Todo tiembla», reza una hermosa y escueta máxima budista que nos desvela que hasta las flores tiritan de frío en enero y hasta las nubes gimen al vaciar su fondo de lluvia. Cualquiera que conserve la mirada clara, virgen y desprejuiciada del niño podrá presentir esta verdad vital, de entraña; vital porque se accede a través de la experiencia y no de la abstracción, a través de las embestidas del tiempo y no de los libros. Es la cicatriz solitaria, el voto de silencio del asceta y los ojos del enfermo, el viejo y el muerto los que mostraron a Buda la tragedia de haber nacido, el triste destino que significa ser hombre o mujer.

Este artículo no pretende ser otro tratado más de pesimismo ontológico o una apología de las lágrimas. Para estos nobles y ancestrales quehaceres ya disponemos de El libro de Job, El Eclesiastés, Schubert o el pensamiento de los filósofos y poetas más lúcidos del siglo XX. Es decir, (por citar algunos ejemplos) Paul Celan, Albert Camus, Fernando Pessoa o María Zambrano; víctimas, dicho sea de paso, de las atrocidades históricas perpetradas por sanguinarios filántropos y utopistas. En resumen, este texto solo alude a los caminos que nacen de una profunda experiencia de dolor, de temporadas de oscuridad absoluta, que fuerzan al convaleciente a tomar una decisión radical. ¿Cómo afrontar la decadencia, la fragilidad y los sinsentidos de la vida y la muerte?

La realidad ya no me gusta, la realidad es decadente

Fabieto Schisa, el joven protagonista de la recién estrenada Fue la mano de Dios de Paolo Sorrentino, decide convertirse en cineasta porque la realidad (tras la imprevista muerte de sus padres) no le gusta, le parece un espectáculo decadente. Esta idea sombría de la existencia la toma prestada de Federico Fellini, ya que el hermano de Fabieto fue a probar suerte a un casting del director italiano y, por casualidad, le escuchó decir que ejerce el oficio de cineasta porque la vida le parece decadente y las películas, por lo menos, nos distraen de la sordidez y las amarguras del mundo, jamás lo transforma. La imaginación como una salida transitoria de las tediosas eventualidades del día a día.

Esto último también podría aplicarse al cinéfilo y un ejemplo icónico de esta actitud evasiva sería el enternecedor e ingenuo personaje que interpreta Mia Farrow en La rosa púrpura del Cairo. Una cuarentona que frecuente el cine porque su vida le parece insoportable, vacía, carente del ardiente romanticismo y vértigo de Casablanca. Parece que el cine representa la nostalgia del moderno por una especie de paraíso artificial, un lugar donde afloran las pasiones más violentas y originarias que no encuentran cabida en la banalidad de la vida ordinaria hecha de comer, defecar, dormir, despertar, comer, defecar, dormir, despertar…

Esta última obra del creador de La gran belleza está inspirada en un periodo agridulce de su biográfica: la pérdida de unos padres, el despertar sexual, el descubrimiento de una vocación artística, la primera amistad, el primer maestro, la degradación de la belleza, la hermandad o la inesperada llegada de un ídolo como Maradona a Nápoles, su ciudad natal. Esta película parece estar de vuelta del afán de deslumbrar y del proselitismo propio del artista joven y da la impresión de que Sorrentino solo quiso recordar Nápoles, a las personas que más amó durante su juventud y de paso comprender con serenidad quién fue, qué hizo con aquellos días y noches de su pasado.

El cineasta va al hueso. No se anda con exhibicionismos o con énfasis que delatan poca fe en la sensibilidad e inteligencia del público. Sencillez es la palabra que más rumié durante el visionado de esta obra que destila amor y melancolía en cada fotograma. No hay ideas, solo encuentro emoción, imágenes que reproducen el enigma, la ambigüedad y voluptuosidad de una vida de carne y hueso, de rostros que oscilan entre la risa y la lágrima. Algo de agradecer teniendo en cuenta la cegata propaganda ideológica que ahoga la libertad creativa de gran parte del cine actual y que impide la creación de imágenes que trascienden la coyuntura histórica o un sistema abstracto de palabrería muerta (no le puedes pedir peras al olmo). Últimamente los cines parecen velatorios con purpurina.

Sin el conflicto no hay arte

¿Pero por qué se decantó Fabieto por el arte?, ¿por qué comenzó a acudir solo al cine o al teatro?, ¿qué encontró en las máscaras del actor o en las imágenes estremecedoras del celuloide? Opino que el joven no solo encontró un lugar de olvido, un refugio, sino un medio en que proyectar sus tensiones, sus encarnizados conflictos con el fondo trágico, absurdo y angustioso de la existencia. El arte se transforma en un folio en el que batallan las apasionadas paradojas de un Unamuno o un Kierkegaard (¿creer o no creer?) o en una concatenación de imágenes en las que Scorsese persigue la redención y el rostro sagrado de Dios en ríos ensuciados por armas inútiles, sangre y cabezas decapitadas vertidas por ambiciosos criminales del Little Italy en las noches de ajustes de cuentas. Quizá el arte es el testimonio de un espíritu enfermo o en guerra, como lo fue la filosofía para el autor de Así habló Zaratustra.

«Sin el conflicto no hay arte», algo así llegó a decirle el cineasta Antonio Capuano (maestro de Sorrentino) a Fabieto en Fue la mano de Dios. Una afirmación que motivó al joven a contestar a Capuano que él sí tiene algo que contar porque se halla como asfixiado por las opresivas circunstancias que se han abatido sobre él. La muerte de unos padres, el madurar a una edad temprana, la belleza de su tía desgastada por los achaques de la locura, el amigo del mar encarcelado por las drogas o el ensanchamiento de un sentimiento de desamparo y soledad. Son este tipo de acontecimientos dolorosos los que estimulan la expresión, los que avivan la necesidad de decir (ya sea a través de la música, la danza, la pintura, la escultura o la palabra). «Dad palabra al dolor: el dolor que no habla, gime en el corazón hasta que lo rompe», grita Shakespeare en la tragedia de Macbeth.

Martin Scorsese o Ingmar Bergman pertenecen a esa raza en extinción de artistas que introducen sus vivencias más sinceras e íntimas en su arte. El conflicto con el mal, la culpa o la inquietud por el más allá de la muerte es evidente en toda la filmografía de estos genios que se agarraron al arte como a una tabla de salvación en mitad de una terrible tempestad en el altamar de sus almas turbulentas. Quizá Fabieto encontró en el arte ese remedio para vaciarse de la pena, para distanciarse del conflicto que implica nacer para este mundo de seres breves, finitos, inciertos y tan vulnerables como fuego bajo la lluvia. Y al decir Fabieto, decimos Sorrentino, ya que esta película (a pesar de la presencia de pasajes ficticios, tal y como ha aclarado el director en algunas entrevistas) es una confesión.

El heroísmo de Fellini

Pero aquí, en este tramo del artículo, convendría incidir en Fellini (otro de los maestros e influencias del autor de La juventud), aquel hombre que huía de la mediocridad y monotonía de la vida corriente, y que decidió hundirse en las aguas vivificantes y embriagadoras de los sueños. En dos de sus primeras películas, La strada y Las noches de Cabiria, la protagonista es una mujer que aún goza de la alegría de vivir, que se enamora con locura, que baila o canta con pasión, que experimenta la piedad, que fantasea con sueños y esperanzas de un futuro un poco más placentero. Estas dos mujeres parecen la antítesis de la miserable e injusta realidad que las rodea. Un milagro solar en un paisaje de escombros y ruinas. Una es una prostituta vapuleada por el capricho de hombres calculadores y desalmados. Otra es una joven taciturna y risueña que desea lo mejor para un desagradecido y endurecido hombre del circo interpretado por Anthony Quinn.

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Las dos aprovechan cualquier ocasión para jugar, bailar, para dar rienda suelta a la imaginación. ¿Acaso no es esta la heroica actitud del arte de Fellini ante una sociedad materialista, positivista, racionalista e individualista hasta los límites de la histeria, la depresión y el suicidio (disculpen la sobredosis del sufijo -ista)? ¿Acaso Fellini no es esa joven que conserva la visión lúcida, vital y clara de los niños que practican la sabiduría del juego en un universo inestable y caótico? ¿Su cine no es el testimonio del sueño y los símbolos del alma que niega esta insípida y penosa mentalidad de la modernidad, que tritura al corazón de no saber que todo, hasta la fisiología, depende de las exigencias del espíritu?…

El despertar y la nostalgia del extranjero

Fabieto anhela la inocencia, desea habitar un mundo encantado, mágico, que no permita las elevadas cotas de decadencia y lágrimas de la realidad en crudo y despojada de insulsos artificios, como esas ideologías redentoras de hoy y siempre, las máscaras de la identidad o esas bisuterías espiritualistas que venden las diez fórmulas para alcanzar la piedra filosofal en una tardecita gris de domingo. Por fortuna, el joven descubre la posibilidad de ser el creador, el dios justo, de otro mundo diseñado a su medida a través del cine. Pero Capuano no solo le invita a concebir al séptimo arte como un mero escondrijo bajo las sábanas para protegerse de la oscuridad y del monstruo que asecha amenazante desde el interior del armario. Le sugiere que el cine debe nacer de un desgarro y contar ese desgarro, como hizo Scorsese al filmar la historia de un boxeador atormentado y fracasado que reflejaba la caída en los infiernos del propio director italoamericano. O como hizo el místico Terrence Malick al afrontar la muerte de uno de sus hermanos en El árbol de la vida. Que el arte sea la honesta expresión del sentir.

En las tres películas que he visto de Paolo Sorrentino encuentro la genuina visión de un hombre melancólico, consciente del destino fatal, desastroso, de todas las acciones humanas. El novelista Jep Gambardella, protagonista de La gran belleza, asiste al espectáculo decadente de un Imperio Romano que se ahoga en la frivolidad de brindis de alcohol y rayas de cocaína, en la pomposidad de fiestas de ricachones hastiados, en revolucionarios hipócritas que solo suman dos o tres muletillas grandilocuentes a su deficiente vocabulario, hordas de artistas posmodernos que se regodean en la esterilidad de manchurrones de pintura trascendental, curas avariciosos y desprovistos de toda fe en los ángeles, santas convertidas en corderos de la prensa rosa, pómulos de silicona, borrachos de plásticos y dinero, turistas que no pertenecen a ninguna parte, seres obsesionadas con besuquear fotos de un bíceps enervado o un culillo prieto y respingón…

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Jep es consciente de estas deprimentes naderías que se erigen como los grandes ritos sagrados de esta sociedad contemporánea de ideales moribundos. Su sensibilidad le impide ser partícipe de la idiotez de la masa y queda como exiliado al rol de observador de la naturaleza transitoria e insustancial de aquellos que ignoran la mediocridad y pobreza espiritual de sus «vidas». Jep es un extranjero, un desengañado, un hombre despierto que solo busca recuperar el impulso de un amor perdido, la inspiración que le devuelva la fiebre necesaria para crear otra novela en este mundo nihilista y abúlico que no sabe sentir. ¿Será Sorrentino como una especie de Jep en nuestra época?

Esta personalidad melancólica, observadora y apegada a la inacción no solo la encontramos en este escritor. También, el músico Fred Ballinger, el personaje interpretado por Michael Caine en La juventud, parece añorar algo y percibe la desolación que anida en los corazones de todos los seres que se cruza a diario como sombras en el sanatorio. Lo que anhela es la juventud perdida. La juventud que perdió Fabieto al escuchar al doctor que no debería ver los cadáveres de sus padres. La juventud que perdió Jep al separarse de su primer amor frente al mar. La juventud que se nos aleja como el tiempo libre de los veranos de la adolescencia, los columpios o las tardes en que el sol era un misterio divino al escurrirse por la piel morena de aquella mujer loca y salvaje.

Sorrentino, ante los eternos dolores que estragan y agrietan la piel de la humanidad, apostó por al arte y el cine para proteger los sueños y las alegrías de una juventud que se le antojaba infinita. Fue la mano de Dios realiza el codiciado e imposible sueño de los artistas Jep Gambardella, Fred Ballinger y Fabieto Schisa: el regreso al tiempo de la juventud.

Sorrentino recuperó los silbidos de sus padres, los jardines y los mares napolitanos de su primer amor. El cine volvió a obrar su milagro. No hay decadencia. No hay dolor. Solo la brisa y el rumor de las lanchas del último verano.

Dedicado a mi amigo Tomás y a su deseo de estar vivo

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Autoficción de un estudiante de Periodismo: "Solo deseo andar a ras de tierra, desplazarme con la ligereza del aire y la monotonía del agua, encontrarme con la grandeza de alguna piedra. De resto, tan solo hay negación de mí mismo. Cáscaras de nuez vacías".


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