Humanidades, Literatura

Libertad, Constancia, Fuerza: las musas del Lyceum Club español

mujer

Ateas, feministas y "desequilibradas", así eran las integrantes del LCF.

Imagínate que no existieras para nadie. Imagínate que, en el caso de que alguien te conociera, fuera tan solo por el apellido de tu marido. Por lo buen poeta, ensayista o pintor que es. Porque claro, quién no va a reconocer el talento de un hombre cuando lo ve. Y quién va a reconocer el talento de una mujer cuando existe la posibilidad de que este pueda sobrepasar los límites duramente establecidos en un mundo androcéntrico, eclipsando toda huella masculina.

La mujer inculta, “ángel del hogar”.

La mujer culta, un peligro social.

Un refugio feminista para la cultura

Pero un grupo de mujeres lo suficientemente peligrosas y atrevidas decidieron, allá por 1926, que merecía la pena embarcarse en la aventura de crear el primer “refugio feminista en una capital hostil”. El Lyceum Club Femenino sería ese refugio. La capital, Madrid.

Surgido como una proyección hispana del de Londres y como un espejo en el que se mirarían posteriormente ciudades como París, Berlín, Roma o Nueva York, el Lyceum se convirtió en un centro laico de divulgación cultural pionero en nuestro país, desde el cual sus asociadas lucharon por alcanzar la igualdad social y jurídica. Partiendo del hecho de que la institución contaba con siete secciones -la Social, la de Música, la de Artes Plásticas, la de Literatura, la de Ciencias, la Internacional y la Hispanoamericana-, el LCF no buscaba, por tanto, ser únicamente un espacio para intercambiar ideas, sino una plataforma que visibilizara la figura femenina en los distintos ámbitos de la sociedad. Un lugar desde el que adelantar un reloj que parecía haberse detenido en España hacía ya tiempo.

Las asociadas no eran –para bien o para mal, eso ya lo dejo a juicio de cada uno- mujeres cualquiera, sino que su admisión estaba restringida a aquellas “que hubieran realizado trabajos literarios, artísticos o científicos, participado en causas sociales o poseyeran títulos académicos.” El Lyceum estaba formado, por tanto, por la élite sociocultural femenina del país, que afortunadamente había podido acceder a un nivel superior de estudios y que dedicaba su tiempo a fomentar el desarrollo de actividades lúdicas en torno a la cultura. Muchas de estas jóvenes habían contraído matrimonio o estaban relacionadas por uno u otro motivo con figuras influyentes del mundo cultural de aquel entonces, con lo que ya tenían cierto rodaje en el tema.

Con nombre y apellidos

Mientras tanto, el resto de mujeres anónimas continuaban encerradas en sus hogares, cuidando de cónyuge e hijos y con preocupaciones tan poco intelectuales –aunque sí muy tediosas- como cocinar o lavar la ropa. Sin embargo, no por ello podemos culpar a ese pequeño grupo del Lyceum por representar únicamente a las altas esferas. Gracias a él, de hecho, y bajo el paraguas liberador de la II República, se consiguieron materializar una serie de logros para la mujer que poco antes habría sido impensable conseguir.

María de Maeztu -que en este artículo no será la hermana de nadie por razones obvias- ocupó la presidencia del LCF dada su experiencia previa como directora de la Residencia de Señoritas y miembro de la junta directiva del Instituto-Escuela. A su derecha se encontraba Victoria Kent; a su izquierda, Isabel Oyarzábal. Y como secretaria, nada menos que Zenobria Camprubí, quien sabía de primera mano lo que era vivir a la sombra de un esposo excéntrico y cascarrabias que muchas veces gustaba de robarle el protagonismo por el simple hecho de ser mujer. Nada personal, cosas de la época.

Otras asociadas, cuyos nombres espero vengan a la mente del lector de estas líneas con su simple mención, fueron la escritora Elena Fortún, la dramaturga María Lejárraga –autora invisible de los textos con los que su marido conoció el éxito-, la abogada Matilde Huici, la traductora Rosa Spottorno o la activista política Clara Campoamor, por nombrar únicamente a unas cuantas de las que se fueron uniendo al Lyceum en los años sucesivos. A todas ellas, el Premio Nobel de Literatura Jacinto Benavente las tachó de “tontas y desequilibradas”, negándose rotundamente a dar una conferencia en sus instalaciones. Un tipo bastante simpático, sí señor.

Mujeres con nombre y apellidos, ni “mujeres de” ni “hermanas de”. Mujeres con nombre y apellidos que en ocasiones fueron modificados en favor de su marido y cuya esencia apenas reside en las sucintas entradas que míster Google nos ofrece acerca de su vida y obra.

Sueños cumplidos y sueños (aún) por cumplir

A veces de manera efímera y otras veces con un mayor recorrido, lo cierto es que con esfuerzo y tesón los sueños siempre acaban por cumplirse. El de estas mujeres extraordinarias fue construir un hogar para el conocimiento donde las semillas de la cultura tuviesen oportunidad de crecer y convertirse en un inmenso roble. Un roble nutrido de sororidad.

Pero, así como los pájaros que alzan ansiosos el vuelo se ven obligados a tocar tierra de vez en cuando, la actividad del Lyceum se vio truncada por el funesto golpe militar que sufrió el gobierno democrático de la Segunda República y que supuso el exilio para muchas de sus integrantes. No solo se vieron obligadas a abandonar el país, sino que también fueron borradas, olvidadas y exiliadas –metafóricamente hablando- del imaginario colectivo durante el transcurso de la Guerra Civil y la dura posguerra. No obstante, hoy en día y para mucha gente, estas mujeres fueron sin lugar a dudas protagonistas de un período de nuestra historia caracterizado por el auge del feminismo. Heroínas que llevaron las siglas del Lyceum Club Femenino a lo más alto y que hicieron germinar el debate sobre el sufragio femenino, entre otros asuntos.

“L” de Libertad.

“C” de Constancia.

“F” de Fuerza.

Y mil sueños más que, juntas, lograremos hacer realidad en un futuro muy próximo.


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