Hoy hace dos meses y 23 días que me marché. Fue una decisión unilateral, profesional y con la sonrisa forzada que requieren los momentos que anhelábamos (que nunca llegaran). Ahora, solo escribo desde un portátil provisto de internet gracias a un cable submarino que perfora la corteza terrestre al igual que las teclas van dibujando en tinta negra automática las palabras. En este espacio en blanco no había nada _ ; ahora hay algo. Un metadato que esconde silencios. Los silencios que están llenos de hologramas y proyectan nuestros pensamientos, se erigen y en una combinación 3D forman tu imagen. Me sonríes como esas imágenes animadas por algoritmos y siento el vómito. En un espacio en blanco de un material físico, como este _ , orbitaría el aire compuesto por el hidrógeno que respiramos a miles de kilómetros. Este es tan próximo, _ , pues estás al otro lado de la pantalla; el terrenal, _ , tan lejano, pues muestra el rastro que se ha desvanecido; y sin embargo, la cobertura falla y el tiempo ha roto el en línea.

1. Las cebollas lloran mordidas por los cuchillos

Esta carta sustituye a la que nunca mandarás. Prometiste que lo harías. Ahora, perdóname, soy una descreída. No puedo analizar la sintaxis de mis frases interrumpidas cuando desayunábamos macarrones, así que esta página referirá los caracteres que se alejan de tu voz, de tus ojos, de tus manos, de tu pelo contra mi mejilla, de la arruga que emerge de tu frente y se hunde en la almohada como una placa tectónica, de tu vientre curvo contra una camiseta blanca, de tu bigote mosquetero y mi pata de palo. Todo ha desaparecido, salvo mis postales. Aún emite luz la imagen nítida que queda de ti en la corteza prefrontal y yo necesito decirte que, si me pedías que entre lo razonable e irrazonable fuera enunciando los motivos por los cuales dormí abrazada a ti, el primero era este: tú provocaste un temblor en mí.

Es el fogonazo que me queda de un pasado reciente en suspensión. Miro hacia atrás, tal y como me pedía una chamana en la última sesión contemporánea, y solo veo cables de cobre enredados en pantallazos y fotografías descoloridas. No hay nada atrás, ni delante, el segundo preexistente y este, y ahora este, son distintos, y no sé cómo atraparlos. Veo la dedicatoria de un libro que me diste y carece de sentido. Los helados se derriten en una tarde gris de verano. Las lentillas, secas, se estiran para mirar el lila de las flores que descubren que hay vida en una casa sin azotea ni mangueras ni chiquillos que gritan despavoridos. Veo y observo, ¿qué nos dice el paisaje sobre nosotras mismas? Mi valle es orondo y escarpado, bajan los perros buscando colas de gato, hay trebolinas que se llevan a la comisura de los labios y escupitajos con sabor a menta que se aúpan en las ruedas de las bicicletas. Las células muertas caen del cuero cabelludo y en siete años el cuerpo es renovado, ¿pero acaso no estamos siendo ya otros? Implosionamos en reacciones químicas que nos carbonizan y permanecemos impasibles hasta que colisionamos y nos absorbe un nuevo ente.

VI

Ya no eres materia

sino dígito.

Una cascada,

te convertiste en pájaro.

¿Cómo olvidar (des)hacerte si estás a una yema,

un gemido, tres vibraciones y una actualización?

Mis ojos ruedan intentando no verte

cuando dos uñas clavadas envuelven las retinas en un hilo

y tiro. El anzuelo está lleno de tejido,

hay membranas tiradas por el suelo y un pez agoniza, aletea fuerte y las branquias colapsan,

el océano está lejos y un meme reclama mi atención.

No_volverás, ese podría ser el nick de tu próxima cita.

C.R.

Nos esforzamos por comprar una casa, ir a Ikea y decorar el dormitorio con colores pasteles, por trabajar y destilar los pasos que dimos en Andorra cuando sorbimos nieve, de atrapar las entradas del cine viejo y cerrado en el que quería comerte la boca, incapaces de comprender que esos son los vestigios de nuestra vida. Estamos apilando biografías inconclusas en un sótano y llenando estanterías de alergias para no sentirnos solos. Hasta el llavero demuestra a cuántos hogares pertenecemos: me gusta su peso, el tintineo de sus argollas, los símbolos que no encajan en la cerradura y decoran mis ojos cada vez que lo alzo para decir: aquí he de volver. Me encariño de los caseros porque mi mamá es un hilo de voz que no parpadea. Por tanto, mírame. No renunciaré a ti; o, por lo menos, no a tu recuerdo.

2. El humo de un cigarro atraganta a un sillón

Era tarde. El toque de queda nos amenazaba, había bebido y fumado, lo último ya que siempre encuentro a alguien que me líe un cigarro, y allí estábamos, después de que me hubieras hablado de un poeta ¿coreano? ¿vietnamita?, la cuestión es que despertaste mi curiosidad con tus ideas. Hilvanaste bajo la sombra de las palmeras teorías y repiqueteaba entre los tenedores tu sonrisa delatadora. Luego te ofenderías por que hubiera dicho que me tuve que acostumbrar a su sonido, compréndeme, se oía aún poniendo todas las lavadoras del edificio a la una de la mañana, y era así el sonajero que hubiera deseado que escucharan los hijos imaginarios que revolotean con mis rizos y azuzan con tu ironía. Estábamos ahí, mirándonos, tú bailabas salsa con nuestra amiga y me invitaste a seguirte, y escondía mi mirada con sonrisas de amabilidad, cojines y medias tupidas sabiendo que la sobriedad me impedía eludir la intimidación que provocabas en mí. Entonces, al despedirnos, me susurraste al oído.

Este poema lo leíste en una calle sucia al salir de un bar a las dos de la mañana, declamando ante tres veinteañeros borrachos:

Ars amandi

Quiero ser él.

Él quiere ser árbol.

El árbol quiere ser perro,

el perro quiere ser piedra,

la piedra quiere ser pez.

El pez quiere ser nube,

la nube quiere ser campo.

El campo quiere ser caballo,

el caballo quiere ser hierba.

Quiero ser hierba.

La grandeza del frío, Nichita Stănescu. 1972 [III, 98]

Este otro me atrapó en un descampado con cielo azul y nubes que traían el guiño de mi tío. Más tarde, me lo enviarías al recordar que me gustaba saber de ti:

Poema

Dime, si un día te agararra

y besara la planta de tu pie,

¿no es verdad que, después

acabarías cojeando un poco

por miedo a no desbaratar mi beso…?

Una visión de los sentimientos, Nichita Stănescu. 1964 [I, 291]

¿Qué dijiste? Hubo un chispazo. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Me quedé sin aliento. En medio de un salón lleno de humo yo tenía frío. Ardía. Me quemaba. Qué ridículo fue enamorarme de ti. Era un comentario mundano que personificaba la mística creencia de que hablar sobre el tiempo fortalece a los transeúntes de ascensor. Hice lo que me pedías: abracé a tu amigo y mi reflejo se quedó frente a ti. Te besaba por primera vez, te arrastraba por el pasillo y arrancándote la ropa íbamos a la cama en la que despertaríamos días después. Mis falsas piernas siguieron a mi amiga. Me quedé contigo, con aquella reverberación de tus sentidos en mí, durante semanas. ¿Cómo eludiste los motores de un avión en plena noche para mantenerte vivo?

Los argumentos vendrían más tarde al escucharte en una terraza blanca donde tus ojos necesitaban la protección de unas gafas, pero eso no importa ahora. Somos jóvenes. Somos jóvenes para sentir tanto miedo, tanta incertidumbre, tanto dolor, tanto rechazo. Somos jóvenes y estamos destrozados. Llevamos migajas en los clinex del Mercadona, gominolas que estallan en la nariz como una pompa de jabón. Somos jóvenes, a qué tanto cansancio. Tú cantas y yo salto, yo lloro y tú preguntas, tú apilas los cubiertos y yo lavo la loza.

3. Pedir perdón después de matar

Tu abuela estuvo encarcelada, tú quisiste darle un puñetazo a un policía. La tratas de usted y llamas cada día a tu hermana. Creaste una arquitectura poética y me contabas cada historia en un balcón de madrugada. Nos reímos cuando un cono a modo de sombrero nos despidió en la estatua de la Plaza de la Universidad y, resolviendo la ecuación, me llevé el plato que luego haría añicos el trayecto en guagua.

Echo de menos haber creado más recuerdos a tu lado y haberte presentado a Sevilla cual señora majestuosa con un gran traje de volantes y un abanico atado a la muñeca. El ceño fruncido y el mohín de sus labios provocan gotas de sudor que le caen por el cuello perlado en perfume, aunque no deja de comer mantecados y serranitos, se frota los antebrazos con las jarras frías y dicen, dicen por ahí, que se desnuda caminando de vuelta a casa y tira los corpiños por las aceras y se deshace en lágrimas talladas. No muestra la palma de su mano ni da muestras de debilidad, es triste y curiosa, como dijiste, pero cuando planean los vencejos sobre los tejados mientras el sol se esconde en el Guadalquivir y el viento mueve la colada tendida en los alambres es hermosa. Es infinitamente hermosa, es un suspiro de calor.

Paseando por la catedral habían rodillas hincadas cuyo fervor era intraducible, y comprendí que qué era el arte sino la expresión divina, pues, ¿el amor qué es sino la confesión de una belleza inusitada que nace en nuestro pecho? Es un jardín salvaje, con fuerza y brío que crece, lo abrasa y devora todo, se revuelve enloquecido, aúlla y busca desgarrar los tallos tiernos de sus esquejes, talla con escupitajos de barro y mama ríos de leche adulterada. Hemos abandonado la idea de un amor romántico que lastre nuestra vida y ahora nos enfrentamos a un amor capitalista que consume nuestro cuerpo y estima. La era del desliza a la derecha, ¡es un match! y las mascarillas que hacen cabriolas para ocultarnos rostros han permitido que nos pesemos según el valor de nuestras carencias afectivas.

No nosotros. No. Los átomos tiemblan y ocupan el espacio conocido y se fusionan y se fisionan y la carne se amasa entre las manos y los pensamientos arrancan el temor, aunque jamás volvamos a vernos. Me corto las uñas para no hacerme daño y aparto los cuchillos de la encimera cuando leo:

Último fragmento

¿Y conseguiste lo que

querías en esta vida?

Lo conseguí.

¿Y qué querías?

Considerarme amado, sentirme

amado sobre la tierra.

Raymond Carver

Hasta que la vida nos vuelva a juntar.

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Periodista. Cielo azul, salitre, viento gélido, tres ingredientes para mi rincón favorito. ¿Un verso?: "Algún día seré todas las cosas que amo". Y que me narren cuentos.


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