Luis Álvarez Catalá, el que fuese el director del Museo del Prado de 1898 hasta su fallecimiento en 1901, pintaba en 1875 el cuadro Filandón en Monasterio de Hermo (Asturias). A menos de 50 kilómetros, hace un par de meses a Emilia se le iluminaban los ojos al acordarse de su maestra de la escuela en Villablino (León).

A sus 94 años («¡y medio!»), Emilia recuerda con añoranza unos tiempos pasados casi perdidos y que incluso ella difícilmente llegó a vivir. Solo de refilón conoció Emilia esa vida «que se hacía antiguamente» alrededor el lar, la lumbre de la cocina, donde los vecinos del pueblo se reunían en los calechos de las tardes y los filandones de las noches.

«¿Dan calecho?, ¿dan calecho?»

Antes de cenar, cada tarde, los jóvenes llamaban a la puerta y repetían: «¿dan calecho?», «¿dan calecho?». Y las abuelas siempre contestaban: «si sois buenos sí». Los jóvenes se juntaban, se contaban historias y creaban un espacio común en que sentirse apoyados, compartiendo narrativas, símbolos y confidencias.

Después, a última hora, las mozas se reunían a hilar y, junto a ellas, se acomodaban jóvenes y mayores a contar historias y a cantar tras un día duro de trabajo. La maestra de Emilia, Elena Calzada, recogió estas costumbres en una poesía que Emilia me recita de memoria y sonríe orgullosa –se le nota hasta en la voz-  cuando remarca su labor al repetirlo con una dicción perfecta. ¡Y cómo bailaba a ritmo de acordeón el baile del país que le enseñó esta maestra!

El papel innegable de la mujer como creadora y transmisora

Puede que históricamente a la mujer se le haya negado el acceso a muchos espacios, a muchos trabajos, casi a la posibilidad misma de utilizar su firma. Aún hoy faltan sus nombres en museos, bibliotecas y antologías musicales. Pero eso no significa que no hayan estado siempre ahí. La mujer ha tenido desde el inicio de las civilizaciones un papel innegable como creadora y transmisora de cultura, sobre todo, en su protección.

Sobre la mujer ha recaído el peso -y muchas veces se mantiene- de conservar y transferir esa cultura que llamamos «baja» pero que no lo es en absoluto. Una cultura tradicional que conforma nuestra vida material, espiritual y social y que nos es trasmitida desde niños por las mujeres en su función de cuidadoras.

Tantos cuentos cuento

Un cuento cuenta mucho más que una historia y eso bien lo sabían las mujeres reunidas en torno al fuego. Romances, leyendas, cuentos, mitos y refranes configuran nuestra estructura de pensamiento, de sentido… y de sentimiento. Un cuento es mucho más que un cuento: es un símbolo y es una identidad.

Desde la cuna, nuestra primera conexión con el mundo y la cultura es el cuento y la nana de la madre, que a ella cantaba la abuela, la bisabuela y así muchos tátaras atrás. La música y el cuento son partes inherentes del ser humano y de su proceso de socialización. Sin ellas, no seríamos quienes somos ni como individuos ni en sociedad: la preservación de melodías tan antiguas nos liga a una colectividad y a un espacio que trascienden los tiempos. Las letras tienen voz de mujer y en su arrullo conformamos la visión de nuestro mundo.

El espacio que nos dejaron

Puede que a la mujer le fuesen negados espacios fundamentales para participar de la cultura durante siglos, pero conquistó uno primordial: el hogar. Es el espacio que nos dejaron y nadie puede negar esa injusticia, pero lo cierto es que resulta un lugar clave para la cultura. Y por eso reivindicamos a esas mujeres, madres, abuelas, tías, hermanas, vecinas, compañeras y educadoras que sacan adelante cada nueva generación y les enseñan cómo debe vivirse la vida.

Y cómo debe mantenerse. La mujer rural tradicional, además de cultivar la mente, ha curado el cuerpo. Encargadas del cuidado de mayores y niños, son ellas en las que recaía muchas veces la preocupación por la salud, prevención y remedio, sobre todo en relación con la naturaleza. Que algunos tuviesen más de científico o más de «cuento de la vieja» es otra cuestión, pero hoy se reconocen algunos avances invisibles que fueron realizando estas mujeres durante siglos. La botánica, farmacopea y algunas especialidades médicas nunca se habrían desarrollado de igual manera de no ser por ellas.

Tejiendo redes juntas

Así, nuestra primera toma de contacto con la cultura casi siempre viene de la mano de la mujer. Su voz nos arrulla y nos relata de qué se compone la vida. Sus manos nos sanan y permiten seguir descubriéndola. Sus enseñanzas nos permiten seguir creciendo para comprenderla.

Ahora bien, caeríamos en un error si romantizásemos este estado. La narrativa tendrá voz de mujer, pero casi nunca sus palabras. Los valores tradicionales que reivindicamos han escondido y esconden una lógica patriarcal innegable. El apego a la tradición y los vínculos familiares así concebidos han derivado casi siempre en una educación sexista que ha relegado a la mujer al espacio doméstico sin posibilidad de salida a otros ámbitos.

No todo lo viejo es bueno por el mero hecho de serlo. Pero tampoco lo contrario. La cultura tradicional ha sido patriarcal y no haríamos ningún favor a la mujer reivindicando la necesidad de perpetuarla. Ahora bien, tal vez sí tenga aspectos positivos en los que hemos de elogiar la función que han tenido las mujeres.

A las mujeres se les han negado los espacios públicos mientras mantenían los lazos interpersonales

Potenciar lo tradicionalmente masculino como lo mejor quizás no sea lo más adecuado. Tal vez la clave sea revalorizar lo tradicionalmente femenino y, por supuesto, derribar la tapia que separa ambos espacios y que ninguno le sea negado al otro. En los términos de Carol Gilligan, la ética del cuidado es perfectamente reivindicable y necesaria como seres humanos que vivimos en comunidad e interdependencia. El problema ha sido que la función de mantenimiento de los lazos interpersonales, la familia y la educación y culturación del grupo haya recaído mayoritariamente en las mujeres al tiempo que se les negaban los espacios públicos.

Derribar la barrera de género desde la abolición de la diferencia entre lo público y lo privado es vital. Lo privado -ámbito tradicionalmente femenino- tiene una implicación básica en lo público como espacio formativo de su misma identidad. Si bien la mujer tiene que poder acceder al espacio de «lo racional» y la cultura, esto no implica que haya de desaparecer el espacio del cuidado y la comunidad. Ambas partes son importantes y deben poder dialogar en igualdad de condiciones. Por ello, las redes que se creaban alrededor del fuego, tejiendo y contando historias, fortalecían a la comunidad -tanto la femenina como la de la totalidad del pueblo- creando un espacio de diálogo que hoy en día estamos perdiendo.

Tenemos que tomar consciencia de las debilidades e injusticias históricas

A falta de asambleas, las mujeres entre calcetas hablaban y se reconstruían. Mientras se les negaba el espacio público, las mujeres educaban en el espacio doméstico. Hablaban, se reconfortaban, creaban, contaban… Tejían lazos duraderos y fuertes redes de apoyo, tan irrompibles como estas mujeres de antaño a las que tanto debemos.

No podemos olvidar el cuidado del que cuida y debemos agradecer y no menospreciar su labor. No es malo su ejercicio en sí mismo. La tarea pendiente es tomar consciencia de sus debilidades e injusticias históricas para convertirlas en algo mejor sin diluir las fortalezas que ya tenía. Es nuestra tarea ahora también colaborar en la educación de nuestras cuidadoras, madres y abuelas, en quienes muchas veces fallan los términos, pero no los significados de la palabra «sororidad».

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Nacida en León y criada en Asturias, sigo creciendo en la Universidad Carlos III de Madrid, donde estudio Humanidades y Periodismo. En gran parte, porque siempre me ha interesado casi todo. En el fondo, porque no puedo concebir el mundo más que a través de las palabras.


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