Humanidades, Música

Ínfimamente subversivas: el cuplé

La Taberna La Fortuna.

Cualquiera que haya pisado alguna vez la capital de España coincidirá conmigo en lo acertado de describirla como una ciudad viva y bulliciosa. Madrid, en 2019, se nos muestra como un vaivén constante de grupos de turistas, familias con niños, ejecutivos y jóvenes buscando juerga que se confunden en una marabunta con sonidos de claxon y las canciones de algún músico callejero.

Es posible que Azorín, eterno cronista de España, no hubiera podido reconocer en las calles de este Madrid contemporáneo a su Madrid de cafés de tertulia, de mercados de especias y de agitados debates parlamentarios, pero estoy segura de que incluso él hubiera coincidido con mi descripción, porque la inquieta esencia de esta ciudad perdura aún, cien años más tarde.

Es justo la época de Azorín la que nos ocupa, eso sí, en horarios bastante más intempestivos. Caía la noche en el Madrid de principios de siglo XX y con la tenue luz de un par de  farolas desperdigadas por los alrededores de Tirso de Molina, llegaba el momento del cuplé.

Tacones lejanos de la Belle Époque

Antes de entrar a discutir las implicaciones sociales e ideológicas que pudiera haber tenido en su tiempo, vamos a intentar dar unas breves nociones de qué es esto del cuplé, que a muchos lectores puede sonarles tan ajeno. Los cuplés son piezas musicales cortas que se cantaban en pequeños teatritos o cafés cantantes y eran siempre interpretados por mujeres (o casi siempre, ahí está como honrosa excepción a la regla el cupletista transformista Edmond de Bries).

Teresita Calvó

Bajo una óptica actual, puede que el formato del cuplé no nos parezca especialmente novedoso, sin embargo, para la época fue toda una revolución: el cuplé bebe directamente de los números musicales de Zarzuela que el público pedía que se repitieran al final de los actos por su carácter picante, actual o satírico. Fue este el filtro idóneamente castizo por el que pasaron los espectáculos de cabaret o burlesque que triunfaban en el resto del mundo para crear un producto auténticamente español: el cuplé. Y, por supuesto, a la cupletista.

De toda la novedad que rodeaba al cuplé, puede que lo más llamativo fuera el papel protagonista de las tonadilleras: La Chelito, La Fornarina, Pastora Imperio y otras tantas conocidas o anónimas que se erigían cada noche solas sobre las tablas a son de canciones y monólogos a veces políticos, otras costumbristas y otras veces ciertamente erotizantes, pero siempre con un tono airoso y frívolo: pisando con garbo, como dirían ellas.

¿Sumisas sin corsé?

Esta aparición de la mujer en el mundo del espectáculo pudo haber generado una situación paradójica en la que, a cambio de visibilidad en el teatro, a la mujer se la atrapa en una posición de objeto que canta para un público casi exclusivamente masculino. Serge Salaün, un experto cupletólogo francés, defiende esta misma postura y argumenta que el auge del cuplé no supuso en ningún caso un progreso en el estatus de la mujer en España, sino que, más bien, ahondaba en su condición de sumisión.

La Chelito

Ciertamente, es probable que ninguna cupletista ardiera en deseos de feminizar el orden social ni gubernamental de finales del siglo XIX, pero eso, a mi juicio (compartido con otras estudiosas del cuplé, como Gloria Durán o Pepa Anastasio), no elimina por completo el papel subversivo de la cupletista, sobre todo si consideramos el contexto de encorsetamiento al que se veían sometidas las mujeres de la época.

El rubor de un teatrillo de vanguardia

Ante todo, las cupletistas eran mujeres libres y en los escenarios lo demostraban aún más: el cuplé era mucho más que contoneos y posturas sugerentes, eran, sobre todo, crónicas de lo cotidiano e interpretaciones del sentir del pueblo con respecto a lo que les preocupaba o les hacía reír. Las tonadillas que entonaban eran constantes cuestionamientos a la autoridad y desafíos al poder político, pero sobre todo al poder moral que representaba la iglesia y al poder cultural hegemónico que representaba el arte burgués.

Café Fornos

Si no pueden ser leídas en clave de feminismo a la altura de algunas de sus contemporáneas como Emilia Pardo Bazán, Victoria Kent o Carmen de Burgos; no podemos dejar de reivindicar a las cupletistas como verdaderas vanguardistas contraculturales que causaban más de un dolor de cabeza a los obispos y considerable repulsión en los novecentistas, quienes volverían la cara ante semejante espectáculo solo para, poco a poco y con considerable rubor en las mejillas, volver a fijar la vista en aquella mujer que canturreaba con gracia ante los ojos de un público expectante.

El Madrid asediado en el 39 pudo ser testigo de cómo se apagaba la llama de los últimos cuplés, que solo volvieron a hacer aparición a finales de los años cincuenta, dulcificados por una Sarita Montiel de ojos entornados y descafeinados por peinetas, crucifijos y toreros.


Playlist para conocer el cuplé

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